Yo acuso


Acuso a todos los medios de comunicación. Los señalo de frente, desde el abismo donde ya no quedan filtros ni diplomacias posibles, por su absoluta falta de humanidad, de profesionalidad y de ética. 

Los acuso de haber convertido la tragedia ajena en carnaza de parrilla televisiva, olvidando que el dolor no es un espectáculo ni el sufrimiento una cuota de pantalla.
Cuando sabes que tu sangre iba en el vagón 7 de ese maldito tren de Urda, el tiempo deja de medirse en horas y pasa a medirse en punzadas. 

Durante cuatro días interminables, mientras el silencio oficial pesa como una losa y nadie es capaz de decirme dónde está mi hija, todas las televisiones repiten en bucle, hora tras hora, tertulia tras tertulia, que ese mismo vagón es el que peor parte se ha llevado. Me pregunto qué ética, qué profesionalidad y qué humanismo sostienen esa forma de informar. 

Porque a mí, como padre, escuchar esa sentencia repetida hasta la saciedad mientras sigo buscándola a ciegas me retuerce las entrañas hasta dejarme sin aire.
Pero la crueldad informativa no conoce la tregua ni siquiera ante la muerte confirmada. 

Cinco días después de perderla, cuando por fin estoy velando el cadáver de mi hija, intentando sostenerme en pie frente a lo insostenible, los medios vuelven a asestar el golpe. Con una frialdad que hiela la sangre, relatan cómo las grúas mueven el amasijo de hierros con sumo cuidado para no tocar los restos humanos que aún permanecen bajo los trenes. 

¿Cómo no voy a destrozarme más aún, si es que acaso queda algo por romper dentro de mí, al escuchar esa referencia explícita y brutal mientras velo a mi niña? ¿De verdad nadie frente a un micrófono o en una mesa de redacción piensa en el padre que está escuchando esas palabras al otro lado?

¿Qué interés informativo tiene regodearse una y otra vez en los mismos aspectos truculentos del accidente? ¿A qué ciudadano le sirve ese inventario del horror? 

Me pregunto en qué facultad, o en qué libro de ética periodística, han arrancado las páginas que enseñaban la obligación elemental de parar y pensar que, detrás de cada titular morboso, hay personas directamente afectadas. 

Familias enteras que han visto rotas sus vidas en un segundo y que lo único que piden, lo único que necesitan en medio de esta oscuridad, es poder emprender el camino del dolor y del duelo en paz, sin que una cámara o un locutor se encarguen de acrecentarlo innecesariamente a cada minuto.

En este naufragio de la decencia, señalo y acuso muy especialmente a RTVE. No es una empresa privada buscando desesperadamente el clic fácil o el morbo rentable; es una cadena de televisión pública, pagada por todos, que debería —debería siempre, sin excusas— regirse por los más estrictos cánones éticos del periodismo y del respeto a la dignidad humana. 

Su traición a ese deber duele el doble.
No me hablen de derecho a la información cuando lo que ejercen es la tortura emocional contra quienes ya lo hemos perdido todo.

Yo, les acuso. 

Sí.

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