La sagrada urna según Ayuso: donde la democracia se mide en simpatía (y partidas de parchís)

Ay, la coherencia política. Esa hermosa utopía que en este país solemos buscar con lupa, especialmente cuando la presidenta de la Comunidad de Madrid decide explicarnos cómo funciona el universo y la soberanía popular.

Resulta que, según la sesuda doctrina geopolítica de Isabel Díaz Ayuso, a Javier Milei hay que respetarlo sí o sí porque —redoble de tambores— salió de las urnas. Una revelación pasmosa. 

Un triunfo absoluto de la lógica democrática que, por lo visto, no se aplica a todo el mundo.
Porque claro, analicemos el caso patrio con la precisión quirúrgica que merece: Pedro Sánchez no es que ganara unas elecciones generales y formara una mayoría parlamentaria; no, hombre, no. 

Por lo visto, Sánchez llegó a la Moncloa después de ganar una reñidísima partida de parchís en el descansillo de Ferraz o tras un sorteo de tómbola en las fiestas del pueblo. Las urnas, en el caso de la izquierda española, deben de ser un adorno estético o un atrezo para hacer bonito en los colegios electorales.

Lo fascinante del asunto es la flexibilidad del radar democrático de nuestra lideresa madrileña. Que un presidente extranjero venga a pisar suelo español a insultar al presidente del Gobierno y a llamarlo dictador a la cara le parece una muestra de libertad de expresión perfectamente tolerable y simpática. 

Faltaría más, ¡cosas que pasan en el debate internacional!
Pero, ¡ay de aquel que se atreva a toserle a Milei! Criticar las políticas del economista argentino o afearle sus formas no es discrepancia política: es una grave falta de respeto a la voluntad popular. 

Se ve que los votos que sostienen a Milei están hechos de oro puro, mientras que los votos que mantienen a Sánchez son de cartón piedra y de usar y tirar.
Al final, en el particular diccionario de la Real Academia de Ayusolandia, la legitimidad democrática es un concepto muy sencillo: depende enteramente de lo simpático que te resulte el candidato y de cuánto encaje en tu ecosistema ideológico. 

Si te cae bien, ¡viva la sacrosanta democracia de las urnas! Si te cae mal, eh... bueno, seguro que ha ganado por un fallo informático o jugando al dominó.

Menos mal que tenemos a la filosofía tuitera de la Puerta del Sol para recordarnos que las reglas del juego cambian según sople el viento de la bronca diaria. 

No sea que vayamos a pensar que las urnas sirven para todos por igual. 

¡Qué disparate se nos ocurriría!

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