El arte de ser pobre por tu propia culpa (según la derecha patria)


Despierta, campeón. Si hoy te has levantado a las seis de la mañana para meterte hora y media en el transporte público, trabajar cuarenta horas semanales y descubrir que a día 15 tu cuenta bancaria parece un desierto, tengo una buena y una mala noticia para ti. 

La mala es que eres pobre. La buena, según nos explican con muchísima paciencia desde las filas del Partido Popular y Vox, es que la culpa es única y exclusivamente tuya. 

¡Qué alivio saber que el sistema funciona a la perfección y que el único eslabón defectuoso eres tú!
Porque claro, si trabajas a jornada completa y no puedes pagar un alquiler sin destinar el ochenta por ciento de tu sueldo a un zulo interior de treinta metros cuadrados, el problema no es la especulación inmobiliaria, ni los fondos buitre a los que les ponen la alfombra roja, ni que ellos voten sistemáticamente en contra de regular los precios de la vivienda. 

Qué va. El problema, como bien te dirá cualquier gurú liberal con mocasines sin calcetines, es que no sabes administrar tu dinero. Seguro que este mes te has tomado dos cafés en un bar o, peor aún, has comprado aguacates. 

Si dejaras de derrochar en caprichos burgueses como "comer tres veces al día" o "encender la calefacción en enero", ya tendrías para la entrada de tres pisos en el barrio de Salamanca. Es matemática básica, pero como no tienes cultura financiera, no lo entiendes.

¿Que esta situación de incertidumbre constante te genera una ansiedad que no te deja respirar por las noches? No vayas a pedir más psicólogos en la sanidad pública, por favor, que hay que bajarle los impuestos a las grandes fortunas y no da para todo. 

Lo que tienes que hacer es yoga. Respira hondo, alinea tus chakras y repite el mantra: “Mi precariedad laboral es solo un estado mental”. Si las listas de espera en tu centro de salud duran meses porque han ido desmantelando lo público a favor de sus clínicas privadas amigas, tú haz el saludo al sol. 

Verás cómo se te pasa el ataque de pánico cuando te llegue la factura de la luz.
Y ni se te ocurra quejarte de que estás agotado. 

Si llegas a casa arrastrándote después de aguantar horas extras no pagadas —esas que tanto les cuesta considerar delito—, lo que te pasa es que tienes malos hábitos. Te falta mindset. 

Seguro que no te das duchas de agua fría a las cinco de la mañana, ni lees libros de autoayuda mientras haces ayuno intermitente. Los líderes del PP y Vox, famosos todos por haber levantado el país a base de madrugar en el andamio y no de encadenar cargos públicos y fundaciones desde los veintidós años, lo tienen clarísimo: a esta generación le falta cultura del esfuerzo.

Pero la joya de la corona, el consejo definitivo para cuando les dices que con el salario mínimo —ese que les da urticaria subir— no llegas a fin de mes, es mágico: ¡Emprende! ¿No tienes para pagar la cesta de la compra? Pues monta una startup, hombre, que eres un quejica. Sé tu propio jefe. Hazte falso autónomo repartiendo paquetes en bicicleta bajo la lluvia y llámalo "libertad económica". 

Si fracasas porque no tienes un colchón familiar de seis cifras ni contactos en el palco del Bernabéu para conseguir contratos a dedo, será porque no le pusiste suficientes ganas.
Hay que reconocerles el mérito. 

Han ejecutado la jugada maestra del siglo: han conseguido que millones de personas se sientan culpables por vivir en unas condiciones que jamás eligieron. Han privatizado los beneficios y han psicologizado la pobreza. 

Te han convencido de que la precariedad estructural es un fallo de tu carácter.
Y mientras tú estás ahí, frente al espejo, intentando "arreglarte a ti mismo", descargándote aplicaciones para gestionar el tiempo, respirando en una bolsa de papel y sintiéndote un fracasado por no poder independizarte a los treinta y cinco, ellos no tienen que dar ni una sola explicación por el sistema que han creado y que defienden con uñas y dientes.

Es el negocio redondo, la estafa piramidal definitiva de la política: te legislan en contra, te precarizan el trabajo, convierten tu derecho a un techo en el negocio de sus amigos y, encima, consiguen que te vayas a dormir pensando que el problema eres tú. 

Ahora, si me disculpáis, voy a hacer diez minutos de mindfulness a ver si así se me paga solo el alquiler de este mes.

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