Crónica de buitres, culpas y un día tristemente señalado


Hace tiempo que quería dedicarle una publicación a Óscar Puente. Tenía apuntadas ideas, reflexiones y algún que otro matiz sobre su particular estilo político. 

Pero, caprichos crueles del destino, nunca lo hice. Y tristemente, ha tenido que ser hoy.

Los rostros invisibles de la tragedia...
Si dejamos a un lado —como es obligatorio por puro respeto— el dolor incomparable de los familiares de las víctimas, hay dos personas que probablemente lo estén pasando peor que nadie en este preciso instante: el propio ministro y, si las primeras informaciones apuntan en la dirección correcta, el trabajador que cometió un fatídico error humano.

Nadie merece morir en un accidente como este, está claro. Pero tampoco nadie merece vivir cargando con el peso atroz de la culpa por haberlo provocado, ya sea por acción, por omisión o por la pesada mochila de la responsabilidad sobre una infraestructura.

Y aquí es donde entra en juego la miseria ambiental a la que nos hemos acostumbrado. Resulta profundamente inhumano que alguien que ya carga con semejante tormento tenga que lidiar, además, con los ataques furibundos de una oposición que no ve en una tragedia una desgracia nacional, sino una magnífica oportunidad de negocio político.

La fiesta de los carroñeros...
Ah, la oposición. Qué ejercicio de alta política tan fascinante nos regalan siempre.

Por supuesto, esperábamos contención, altura de miras y un mínimo de decencia institucional. ¡Qué ilusos fuimos! 

Lo que tenemos por delante es una cacería sin cuartel, un festín de hienas sobre un ser humano tocado y hundido. Porque, claro, en este país se puede perdonar casi todo, menos desaprovechar un muerto ajeno para ganar un titular. 

Menuda categoría humana.
Cuando me preguntan qué debemos buscar en un gobernante y cuáles son las cualidades imprescindibles para decidir nuestro voto, siempre respondo exactamente lo mismo: elígelo como si estuvieras eligiendo a una pareja o a un amigo íntimo.

Fíjate en si es respetuoso, amable, educado.
Analiza sus valores más profundos y su capacidad real de sentir empatía por los demás.

Y, sobre todo, obsérvalo en los peores momentos: mira si muestra solidaridad y le ofrece la mano a un rival cuando todo a su alrededor se desmorona, o si aprovecha las cenizas para encender su propia hoguera.
La bancarrota de la empatía...

Viendo el panorama, no puedo evitar una profunda tristeza. No puede existir una peor oposición que la que estamos sufriendo en este país: carente de respeto, de amabilidad, de educación y con una absoluta y escandalosa ausencia de empatía, incluso cuando la sangre aún está caliente.

Cuesta —de verdad que cuesta— imaginar un país bajo la tutela de personas tan oscuras, frías y siniestras. Personas que, si las conocieras en el mundo real, jamás dejarías que se acercaran a tomar un café contigo, ni mucho menos las elegirías como amigas.

Si efectivamente todo esto se debió a un error humano, no querría estar en la piel de la persona que lo provocó involuntariamente; es una losa tan pesada que probablemente le llevará el resto de su vida intentar (sin conseguirlo) superar.
Y, por supuesto, mi más cálido abrazo, compasión y ánimo para Óscar Puente. 

Tras la tragedia de Adamuz, nadie debería verse jamás en la obligación de volver a pasar por un trance de esta magnitud.

Ojalá algún día la política española recupere la humanidad que ayer, una vez más, hemos visto sepultada bajo los escombros.

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