El Dios dinero y sus sumos sacerdotes: crónica de una visita al templo del parné

Hay mañanas en las que uno se levanta con ganas de misticismo, pero como la fe tradicional está de capa caída, qué mejor lugar para buscar la iluminación que el verdadero motor del universo: el Banco de España. 

Me he topado con la descripción de una visita guiada (con Juan José Millás metido a explorador de lo ajeno) que deja claro que el capitalismo no es un sistema económico; es, con todas las de la ley, la religión oficial del planeta.

Hablemos del edificio. Dice que es "impresionante por fuera y laberíntico por dentro". Qué gran metáfora de la burocracia bancaria. Un laberinto diseñado para que, si entras a pedir una hipoteca, te pierdas entre pasillos, ampliaciones firmadas por Moneo y patios majestuosos antes de que encuentres la salida (probablemente sin un euro y con tres seguros de vida que no necesitas).

Pero lo verdaderamente tierno empieza cuando se ponen poéticos y sacan a relucir el vocabulario eclesiástico.

 Agárrense, que vienen curvas místicas:
Los patios de operaciones como "templos del dinero": Aquí es donde se recibe a la feligresía. O lo que es lo mismo, tú, yo y el vecino del quinto haciendo cola para que nos cobren una comisión por respirar.

El sagrario de las reservas de oro: Un lugar sagrado donde, por supuesto, "solamente el sumo sacerdote tiene la llave". Ignoro si el Gobernador del Banco de España oficia las reuniones con sotana de Armani y mitra forrada de billetes de quinientos, pero la imagen mental ya no me la quita nadie.

La fe que mueve montañas (y toneladas de acero): Nos relatan con orgullo que la puerta de la cámara acorazada pesa toneladas, pero se abre con un solo dedo gracias a la "fuerza de la inercia". Y añaden, sin despeinarse, que nada es comparable con la carga que puede mover la fe.

 Claro que sí. Intenta pagar la compra en el supermercado con un "tengo fe en que me lo cobres", a ver cuántas toneladas de inercia te saca el cajero por la puerta principal.
Para rematar la liturgia, el texto nos regala un baño de realidad pospandémica.

 Resulta que la Directora General de Efectivo recordaba que el plazo para cambiar las viejas pesetas se acababa, y soltaba esta perla: "La gente ha aprovechado el confinamiento para hacer limpia. Y hay quien pensaba quedarse con algún billete de recuerdo pero ahora está en una situación delicada y necesitan dinero".

Maravilloso. El romanticismo de guardar un billete de mil pelas con la cara de Benito Pérez Galdós se extingue rápidamente cuando el estómago ruge. Nada como una buena crisis global para recordarte que los recuerdos no se comen y que en el templo del Dios Dinero, si no diezmas, no hay milagro que valga.

En fin, hermanos. Vayan en paz, miren los relojes de los patios (esos que nos recuerdan que "el tiempo es oro" y que el tuyo vale menos que el de ellos) y recuerden rezarle tres Anualidades Completas a la cámara acorazada antes de mirar el saldo de su cuenta corriente.

Amén.

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