Mingo Revulgo en el siglo XXI: Crónica de un rebaño que se cree pastor
¿Os acordáis de aquel poema anónimo del siglo XV, las Coplas de Mingo Revulgo?
Aquello iba de un pastor (el pueblo) quejándose de que el Rey Enrique IV era un inútil de cuidado.
Cinco siglos después, la cosa ha cambiado poco: el rebaño sigue desgreñado, pero ahora, en lugar de un solo pastor ausente, tenemos un patio de colegio lleno de niños grandes jugando a ver quién rompe antes el juguete.
Si Gil Arribato viera hoy a Mingo Revulgo, no le preguntaría por su "jubón bermejo", sino por qué lleva puesta la camiseta de propaganda electoral de hace cuatro años mientras le suben el alquiler.
El drama del rebaño: Entre la nostalgia y la pataleta...
Mingo, hijo, ¿qué te ha pasado? Tienes la "color marrida" y vas dando tumbos de valle en collado. Y es normal. Porque Mingo no solo está perdido, es que tiene a unos pastores que, en lugar de cuidar las ovejas, están demasiado ocupados tuiteando desde el escaño o dándose cabezazos contra la pared porque el vecino les ha quitado el sitio en la foto.
Por un lado, tenemos a la derecha "tradicional", esa que se pone la bandera por montera mientras busca a su particular Candaulo bajo cualquier seto. Están tan ocupados mirando atrás, buscando fantasmas de hace 80 años, que se les olvidan los lobos que tienen delante: la inflación, el sistema sanitario y el hecho de que su proyecto de país parece redactado en una servilleta de bar un domingo a las tres de la mañana.
Su "defensa del rebaño" consiste en intentar que las ovejas vuelvan a pastar en el siglo XIX, mientras ellos, eso sí, se aseguran de cobrar sus dietas puntualmente.
Los perros que ya no ladran (y que dan un poco de miedo)...
Y luego están los otros, esos que prometían ser los "perros ventores", los que iban a detectar a los lobos y a los corruptos.
¿Os acordáis? Esos que ahora, como decía la copla original, están "doliente de modorría". Se han echado a dormir en las eras mientras el discurso político se ha convertido en una subasta de despropósitos. Su única estrategia es el "y tú más", un juego infantil que solo sirve para que el lobo se ponga las botas mientras nosotros nos entretenemos viendo cómo se insultan en el Congreso.
Lo de Vox, por ejemplo, es de estudio: una formación que vive de la crispación como si fuera su única fuente de oxígeno.
Cada vez que alguien les pide una solución real, ellos te sacan un titular sobre la civilización occidental, el apocalipsis inminente o algún complot judeomasónico-bolivariano que ni el guionista más fumado de una serie de serie B podría imaginar.
Son el equivalente a prender fuego a la granja para que el lobo no pueda entrar, ignorando que los primeros que se van a chamuscar son los corderos.
¿A quién rezamos, Mingo?
Gil Arribato le aconsejaba a Mingo que se fuera al "cerro Fano" a buscar ayuda divina.
Pues bien, si hoy le hacemos caso, solo nos queda subir a la montaña más alta, pero no para pedir ayuda, sino para tirarnos de cabeza al vacío, porque esperar cordura de esta clase política es como pedirle peras al olmo.
Mingo, amigo, el "pestorejo" nos va a escocer a todos como no empecemos a recordar que las ovejas, por muy descarriadas que estén, son las que tienen el poder de elegir a quién siguen.
Aunque, a juzgar por lo que veo en las encuestas, parece que nos encanta que nos pastoreen lobos con piel de cordero —o corderos con complejo de lobo—.
En fin, seguiremos balando, que es lo único que nos dejan hacer.
¿Estamos realmente ante el fin del rebaño, o es que simplemente nos hemos acostumbrado a que el pastor nos venda la lana para pagarse el yate?
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