Milagro en las urnas: El adelanto electoral y el repentino pánico a tener que proponer algo


Qué maravilla esto de los adelantos electorales. Es pulsar un botón y, por arte de magia, toda nuestra querida clase política despierta de su apacible letargo. 

De repente, el reloj de arena se da la vuelta y a todos les entra la prisa por fingir que tienen un proyecto de país que va más allá de sobrevivir al martes. El adelanto electoral obliga a todos a enseñar las cartas, y algunos están descubriendo con horror que llevan toda la partida jugando con un par de doses y un ticket arrugado de la tintorería.

Se acabó lo de vivir de las rentas. Ya no basta con sentarse a gestionar el desgaste del adversario o esconderse cobardemente detrás de excusas parlamentarias del tipo "es que la aritmética no nos deja", "es que nuestros socios son muy suyos" o "es que Mercurio está retrógrado". 

No, amigos. Ahora toca bajar al barro y enfrentarse a esa cosa tan aburrida que los mortales llamamos "la vida real".

A partir del lunes, cada partido tendrá que explicarnos, con palabras de más de dos sílabas, qué piensa hacer exactamente con los alquileres que exigen el sacrificio de tu primogénito para pagar una fianza. Van a tener que hablar de desahucios y de esa vivienda pública que siempre prometen construir por millones en los mítines y que luego se queda en una maqueta muy bonita acumulando polvo en un despacho.

Pero la fiesta no acaba ahí. Preparen palomitas para escuchar los fantásticos y revolucionarios planes mágicos sobre la sanidad (¿médicos que te dedican más de tres minutos? ¡brujería!), el estado de las residencias, cómo piensan exprimir la calculadora para pagar las pensiones, y qué nuevo parche temporal le van a poner a la educación para que siga pareciendo que avanzamos. 

Todo esto, por supuesto, mientras intentan articular una frase coherente sobre los fondos de inversión sin pisar demasiados callos de quienes les financian las campañas o sin sonar como si quisieran expropiar hasta los huertos urbanos. Tienen que retratarse.

Aquí se acabó el postureo institucional de la legislatura. Ahora empieza la temporada VIP: el postureo electoral. 

Que gane el que consiga prometer lo imposible con la cara más seria.

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