Las elecciones no van del fin del mundo, van de tu vida.

Nos van a explicar otra vez, con corbata milimétrica o con pulserita rojigualda apretando la muñeca, que estas elecciones van del fin de Occidente, de salvar la patria, del libre mercado de los cayetanos y de la sacrosanta libertad de tomarte una caña a las once de la noche sin que un burócrata te mire mal.

Nos van a llenar las marquesinas de hipérboles apocalípticas y nos van a soltar sus discursos de máster en Esade sobre la cultura del esfuerzo, mientras calculan mentalmente cuánto pueden subirle este mes el alquiler al zulo sin ventanas que tienen heredado.

Pero podéis darle las vueltas que os dé la real gana en vuestras tertulias y mítines con olor a varón dandy: estas elecciones van de cosas bastante más vulgares y terrenales. Cosas tan ordinarias y poco patrióticas como llegar vivo a fin de mes.

Las elecciones van de la vivienda. De que pagar por cuatro paredes y un techo no signifique empeñar el 70% de tu sueldo para financiarle el tercer todoterreno a un rentista que jura que el mercado se autorregula solo.

Y también van de:
De que no tengas que arrastrarte a trabajar con 39 de fiebre porque si te quedas en la cama te descuentan el sueldo o te miran como a un criminal bolchevique.

De que no te puedan despedir un martes por la tarde porque al jefe le apetecía, porque se levantó con el pie izquierdo o porque le sobraba tu antigüedad en la hoja de Excel.

De que no tengas que esconderte para besar a quien te dé la gana ni pedir perdón por existir, por mucho que a los guardianes de las esencias y la familia tradicional se les atragante el café en la sobremesa.

De que a tu abuela le revaloricen la pensión con el coste de la vida real, en lugar de ofrecerle como alternativa patriótica un plan privado con comisiones bancarias abusivas.

De que nacer en un código postal humilde no decida de antemano si esta noche cenas caliente, si estudias una carrera o si te quedas atrapado en el barro para los restos.

De que un crío de barrio obrero pueda llevar gafas porque no ve la pizarra, en vez de asumir que la agudeza visual es un lujo reservado a quienes pueden pagar trescientos euros por dos cristales.

De que tu ADN, tu apellido, tu color de piel o tu lugar de nacimiento no decidan si mereces atención, respeto o una patada preventiva, por mucho que a algunos se les haga la boca agua señalando al vecino de fuera.

De que un «no» sea un «no» sin paliativos, y de entender de una vez que el miedo paralizante no es consentimiento, aunque a la bancada del desacomplejamiento rancio le incomode hablar de machismo.

De que ir al médico o que te atiendan a tiempo no dependa del saldo de tu cuenta corriente ni de tener contratado un seguro privado porque la sanidad pública se ha dejado morir a conciencia.

De que un chaval de veinticinco años no encadene contratos basura de tres días durante un lustro entero bajo la excusa de «adquirir experiencia».

De que tu país no aplauda, justifique ni mire hacia otro lado ante genocidas, por muy buenos socios comerciales que sean o por muy bien que vista quien aprieta el gatillo.

De que la vida no sea una carrera de obstáculos diseñada para que siempre ganen los mismos cuatro.

Podéis seguir hablando de ETA en bucle, de los peligros del comunismo galáctico, de la bandera más grande del mundo y de derogar cualquier ley que huela mínimamente a justicia social. 

Podéis seguir disfrazando el egoísmo de clase de "libertad".

Pero cuando se apagan los focos del plató y se quitan los micrófonos, las elecciones van exactamente de esto. 

Y de nada más.

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