Hasta luego, Maricarmen: crónica de la empatía a 87 años luz
Hay pocas cosas que retraten mejor el, digamos, "humanismo" de nuestra derecha patria y sus terminales mediáticas de cabecera que ver a una señora de 87 años, sacada en camilla de la casa en la que ha vivido 71 putos años, convertida en gag de plató de televisión.
Mientras Maricarmen agonizaba en una cama de hospital —a donde fue a parar tras el amable detalle de arrancarla de su hogar—, por los estudios de Horizonte flotaba ese fino aroma a aristocracia del espíritu.
Ya sabéis, esa elegancia que rezuma cuando Beatriz Talegón suelta entre risitas lo de si el decreto se iba a llamar Maricarmen, y Carmen Porter remata la faena con un ocurrente y castizo «Hasta luego, Maricarmen».
¡Hombre, por favor!
Qué sentido del humor tan fresco. Qué manera tan sublime de tratar el drama habitacional de una anciana.
Y es que, claro, ¿para qué tener un ápice de decencia cuando puedes hacer un chascarrillo y quedar como los reyes del mambo ante el cuñadismo patrio?
La "caballerosidad" de echar a una abuela...
Por supuesto, no nos olvidemos del análisis político de altura. Mientras los fondos buitre, los fondos de inversión y los amos del parqué hacen su agosto con el bien más básico, por aquí nos venden la moto de la generosidad empresarial.
Juan Soto Ivars, siempre tan dispuesto a encontrar destellos de nobleza donde solo hay rapiña, aplaudía la «caballerosidad» de los propietarios por permitirle volver a la que había sido su casa de toda la vida. ¡Qué grandes señores feudales!
¡Qué derroche de clemencia medieval permitir que una señora achacosa muera bajo techo!
Por supuesto, la maquinaria habitual de Vox, el PP y sus palmeros mediáticos no tardó en activar el piloto automático: que si esto estaba "organizado", que si era una instrumentalización política, que si la culpa era de los malvados perroflautas de siempre.
Todo antes de admitir que el mercado inmobiliario salvaje que defienden a capa y espada —ese donde la vivienda es un activo financiero y no un derecho— expulsa a abuelas en camilla ante la indiferencia general.
El chiste que envejeció peor que mal...
El pasado 7 de octubre, Maricarmen se murió. Se murió a los 87 años, después de quince días ingresada, sin haber pisado de nuevo su hogar. Y de repente, el «Hasta luego, Maricarmen» dejó de tener esa gracia tan supina que le veían en el plató.
Qué cosas.
Pero que nadie se preocupe, los habituales de la casa no pidieron perdón ni se retractaron de nada. Simplemente dedicaron un solemne pésame con cara de circunstancias, como quien lamenta que se le haya estropeado el microondas, olvidando olímpicamente que días antes estaban haciendo leña del árbol caído y trivializando el horror.
Por eso hay que recordarlo. Que no se borre el vídeo.
Que circule por cada rincón de internet. Porque hay momentos en los que una televisión, un plató y los tertulianos de turno se retratan solos y explican, sin filtros ni caretas, exactamente qué clase de calaña moral nos gobierna y nos entretiene cada noche.
Hasta luego, vergüenza.
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