El maravilloso milagro de pagar por respirar: vota con ilusión
Parece que se acercan elecciones y, qué sorpresa, nos vuelven a prometer la felicidad en cómodos plazos que no nos podemos permitir. Hay quien dice, con una candidez casi enternecedora, que estas deberían ser las urnas definitivas para acabar con el lucrativo arte de especular con el techo donde duermes, el médico que te ausculta, el colegio donde aprenden tus hijos o el asilo donde pasarás tus últimos días.
Pobre gente ingenua. No han entendido nada de cómo funciona el gran circo de la libertad patria.
Porque si algo nos han enseñado los próceres del Partido Popular y sus primos con megáfono de Vox es que los derechos fundamentales están sobrevalorados: lo que de verdad mola es el modelo de negocio.
Empecemos por el entrañable mercado inmobiliario.
¿Quién necesita una casa accesible cuando puede alquilar un coqueto bajo interior de doce metros cuadrados con ducha sobre el retrete por tan solo el setenta por ciento de su sueldo? Es el triunfo de la libre competencia.
Para el PP, regular los alquileres es anatema bolivariano; la solución siempre es la misma: construir más para que los fondos buitre tengan donde aparcar la calderilla y desgravar a los que ya tienen diez pisos, no vaya a ser que pasen apuros. Y si a Vox le preguntas por la burbuja, desenfundan la bandera más grande que encuentren, te explican que la culpa de que el alquiler roce los mil quinientos euros en cualquier periferia no es de los fondos de inversión ni de los pisos turísticos, sino de un señor que llegó en patera hace dos semanas.
Problema resuelto, envuelto en patriotismo y con olor a naftalina.
Luego está la sanidad, esa joya de la corona que algunos se empeñan en querer pública.
¡Con lo formativo que resulta esperar nueve meses para una ecografía de rodilla! Esa lista de espera te templa el carácter, te enseña paciencia franciscana y, sobre todo, te convence sutilmente de que contrates un seguro privado con copago mientras se derivan millones de euros públicos a las clínicas de los amiguetes.
Para la derecha de gestión impecable, la salud es un servicio excelente siempre que cotice en bolsa; para los de Abascal, la solución pasa por retirar tarjetas sanitarias a los sospechosos habituales, porque todo el mundo sabe que el colapso de las urgencias no se debe a recortes sistemáticos de plantilla, sino a la falta de crucifijos en las salas de triaje.
La educación y las residencias de mayores siguen la misma partitura afinada con precisión milimétrica. ¿Qué sentido tiene financiar la escuela pública si podemos repartir cheques escolares para que las familias con rentas altas escolaricen a sus retoños en colegios de élite con piscina climatizada?
La meritocracia era esto: subvencionar el pedigrí con los impuestos del currito. Y cuando llegues a viejo, nada de residencias públicas dignas: el modelo residencial favorito de la derecha moderna es ese donde un fondo buitre gestiona la dieta de tu abuela con tres euros diarios por menú mientras calcula los dividendos del trimestre.
La "cultura del esfuerzo" llevada hasta la jubilación: tú te esfuerzas cotizando cuarenta años, y ellos se esfuerzan en decirte que el sistema de pensiones es insostenible y que vayas pensando en suscribir un plan privado si no quieres pasar tu vejez calentando sopa de sobre.
El coste de la vida ahoga, la cesta de la compra parece facturada por una joyería de lujo y la luz sube mientras las eléctricas reparten beneficios récord.
Pero tranquilos, que desde las bancadas conservadoras ya tienen la receta magistral: bajarle los impuestos de sucesiones y patrimonio a ese 0,5% de la población que no sabe qué hacer con tantos ceros en la cuenta. Dicen que ese dinero luego "gotea" hacia abajo.
Debe de ser la lluvia fina de la que hablaban, aunque a ras de suelo la humedad huela a tomadura de pelo.
Así que sí, vayamos a votar.
Votemos con el entusiasmo de quien acude al matadero aplaudiendo la calidad del acero.
Votemos por la libertad de elegir qué necesidad básica dejamos de pagar este mes, mientras ondeamos una bandera bien grande que nos tape la vergüenza y los bolsillos vacíos.
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