Manual de supervivencia para un cuerpo en ruinas y un sindicato en llamas
Bienvenidos una vez más a El vicioso errante. Si alguien pensaba que mi vida era un remanso de paz, siento decepcionaros.
A mis espaldas llevo 52 años de existencia hoy mismo y un historial clínico que rivaliza en extensión con la enciclopedia británica.
Hablemos de mi envidiable chasis. Resulta que mi cuerpo ha decidido declararse en huelga general permanente.
Entre la diabetes tipo 2 que me acompaña desde los 30 años, el bendito Ozempic y una polineuropatía que me tiene gastando bastón en exteriores como si fuera un aristócrata del siglo XIX, debo ser la alegría de mi farmacia de barrio. Y por si fuera poco, luzco el historial de un "pie diabético" y una apnea del sueño que me hace roncar con la sutileza de un tren de mercancías.
Vamos, que soy un portento de la genética, exactamente el mismo niño grandote que prefería hablar de política o jugar a los soldaditos en vez de correr detrás de un balón en el patio del colegio de los curas. Pero la verdadera tragicomedia no reside en mi nivel de glucosa, sino en mi carrera.
Me defino a mí mismo como un "sindicalista precario, autodidacta y clásico". Empecé tragando quina en las trincheras del Contact Center y terminé dirigiendo algo del cotarro o aportando criterio a nivel estatal en la FeSMC-UGT.
Nos llenamos la boca recordando que el macrosector servicios levanta el 73% del PIB del país, aunque las condiciones de los trabajadores muchas veces den ganas de llorar. Y aquí viene la ironía máxima: mientras peleo por los derechos de medio país y actúo como "la gota malaya que horada la roca", termino colapsando física y mentalmente por problemas de confianza con mis propios superiores en el sindicato.
En casa del herrero, cuchillo de palo. A veces me pregunto cómo diablos he llegado a este callejón sin salida.
Supongo que forjé mi carácter abriendo el bar de mis padres a las cinco de la mañana, lidiando con la fauna ibérica mientras intentaba sacarme una diplomatura en relaciones laborales que, lógicamente, se quedó en el tintero. O quizás me endurecí del todo cuando mis queridísimos tíos maternos intentaron dejarnos en la calle y quedarse con el bar tras la muerte de mi abuela.
Ah, la familia... esa institución tan sobrevalorada. Menos mal que siempre me quedarán mis salvavidas.
Los recuerdos infantiles en el descampado de Alcalá o en Cárdenas, la memoria de mi añorado padre y, por supuesto, Nati. Mi compañera de vida y trinchera, la que me soporta, con la que me río de esta sociedad absurda y la que me da el equilibrio que mis piernas y mi cabeza ya no tienen por sí solas.
Hasta hace no mucho, el foco absoluto de mis desvelos era el doloroso proceso de buscarle el mejor cuidado a mi madre en la residencia, peleando día a día contra su cáncer de estómago. Pero el destino, con su habitual sentido del humor macabro, decidió que mi querida Julita terminara su batalla el 23 de febrero de 2025.
Se fue, y con ella se cerró un capítulo agotador de idas y venidas. Ahora, la burocracia de los ingresos ha dado paso a un silencio extraño, al puto duelo y a mis esporádicas crisis de ansiedad, esas que de vez en cuando me traen ideas que prefiero ni mencionar.
Mi botiquín ambulante —cargado de Lorazepam y pasiflora— y yo seguimos aquí, sobreviviendo a base de pura testarudez. Y menos mal que siempre me queda refugiarme en unos buenos acordes de Barricada, Rosendo o Marea para masticar mejor la mala leche de los días grises.
Sigo tirando del carro, buscando consuelo en las letras de Bunbury o soñando con escaparme a Barruera, a respirar el aire limpio del Pirineo catalán para que me ventile un poco esta cabeza.
Mañana será otro día.
Preferiblemente uno en el que el Atleti me dé una alegría, el sindicato no arda por los cuatro costados y yo, con un poco de suerte, no me tropiece con mi propio pie izquierdo.
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