La "plenitud": ese chiste malo que nos cuenta la vida

Resulta que me he sentado a leer un poco de poesía, supongo que para alimentar esa superioridad moral que tanto me gusta proyectar en las cenas de amigos. 

Me he topado con Los Páramos, de Andrés Trapiello, y debo confesar que me ha molestado bastante. No porque sea malo —todo lo contrario, es irritantemente bueno—, sino porque tiene la osadía de decir verdades que preferiría seguir ignorando entre dos copas de vino barato.

El poema empieza con esa alegría de vivir a la que nos tiene acostumbrados la literatura: «Pasó la juventud». Así, sin anestesia, como quien te informa de que se ha acabado el café o de que tu serie favorita ha sido cancelada. Nos regala una estampa preciosa sobre tormentas, paisajes infinitos y cálices de luz en veletas. Muy bucólico todo, ¿verdad? Muy digno de un fondo de pantalla de Windows XP.

Pero entonces, el señor Trapiello decide dejarse de contemplaciones y nos suelta el gancho al hígado:
«Nos queda por vivir todo ese tiempo / que llaman plenitud. / Disponte a ser feliz. Va a ser muy duro.»

Ahí lo tenéis. La "plenitud". Esa palabra mágica que los gurús de autoayuda, los anuncios de seguros de vida y tu tía la optimista usan para recordarte que, si no estás saltando de alegría mientras te tomas un batido de kale, es porque algo estás haciendo mal.

Trapiello, con esa elegancia que solo tienen los que ya están de vuelta de todo, nos confirma lo que todos sospechamos pero nadie se atreve a admitir en voz alta: que ser feliz no es una cuestión de actitud, sino un deporte de contacto de alto riesgo.

Nos dice que busquemos la plenitud, sí, pero nos advierte que el camino va a ser "muy duro". Gracias por el aviso, Andrés. Menos mal que alguien se ha molestado en quitarle el filtro de Instagram a la existencia y recordarnos que, tras la juventud y las tormentas, lo que nos espera no es un retiro idílico, sino una carrera de obstáculos donde el premio, con suerte, es que te dejen respirar un poco de aire puro antes del siguiente golpe.

En fin, qué alivio leer algo que no te intenta vender la moto de la felicidad perpetua. Ahora, si me disculpáis, voy a prepararme para ser "feliz" el resto del día. 

O, por lo menos, voy a intentarlo sin que me dé un ataque de nervios por el camino.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Valentín González Prieto: hoy, en la supraconciencia, vuelve a cumplir años

Trazado arquitectónico para un campesino en el Oriente Eterno: el taller resiste, pero mis columnas se oxidan, Valen.

La invisibilidad de mi lucha. Más allá del "yo te veo muy bien".