La indestructible tiranía de los que no tienen ni idea

Resulta que llevamos toda la vida mirando al lado equivocado. Nos pasamos los días temiendo a los grandes villanos, a las mentes perversas que maquinan en la sombra, cuando en realidad el verdadero peligro lo tenemos haciendo cola en el supermercado o pontificando en la barra del bar. 


Dietrich Bonhoeffer, un teólogo que tuvo el dudoso privilegio de reflexionar sobre esto desde una celda en la Alemania nazi, llegó a una conclusión que explica a la perfección cómo una sociedad supuestamente culta y moderna puede caer en la más absoluta barbarie: el mayor enemigo del bien no es la maldad, es la soberana estupidez.


Y pensándolo bien, cuánta razón tenía. Dame a un malvado cualquier día de la semana. Contra la maldad te puedes alzar, puedes denunciarla, combatirla y hasta redactar leyes en el BOE para frenarla. El malo, en el fondo de su oscuro corazón, sabe perfectamente que se está saltando las reglas y tiene cierto código. Pero, ¿qué haces contra la estupidez? Absolutamente nada. Estamos completamente indefensos.


Intentar razonar con alguien dominado por este mal es como intentar explicarle la ironía a tu Tradescantia. Son impermeables a los argumentos lógicos. Si tienes la osadía de presentarles hechos objetivos o pruebas irrefutables que contradigan sus sacrosantos dogmas, simplemente te mirarán con desdén, los ignorarán o te dirán que son detalles irrelevantes. 


Lo verdaderamente terrorífico es la seguridad inquebrantable que tienen en sí mismos. Al sentirse tan inmensamente poseedores de la verdad absoluta, si se ven confrontados, mutan y se vuelven agresivos. Y no hay nada más letal que un necio acorralado por la lógica.


La guinda del pastel de esta teoría, y quizá lo más revelador, es que Bonhoeffer nos aclara que esto no es un problema de falta de luces, sino un defecto moral. El coeficiente intelectual o los títulos universitarios aquí no pintan nada. 


Te puedes cruzar con mentes brillantísimas y educadas que operan bajo el yugo de una estupidez profunda y peligrosa, y luego hablar con personas de lo más sencillas que desbordan sabiduría moral.


Así que aquí seguimos, desde esta pequeña ventana de El vicioso errante, observando el panorama y constatando que, efectivamente, el mundo no se va al garete por culpa de un complot de genios del mal, sino arrastrado por una marea de gente encantada de conocerse a sí misma y armada con un escudo impenetrable contra la realidad. 


Cuidado ahí fuera.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Valentín González Prieto: hoy, en la supraconciencia, vuelve a cumplir años

Trazado arquitectónico para un campesino en el Oriente Eterno: el taller resiste, pero mis columnas se oxidan, Valen.

La invisibilidad de mi lucha. Más allá del "yo te veo muy bien".