La extraña manía de querer conservar nuestras articulaciones intactas

Resulta que, en este mundo moderno donde parece que el trabajador es solo un engranaje más (y preferiblemente uno que no se oxide demasiado pronto), existe un documento por ahí que nos recuerda algo revolucionario: resulta que el cuerpo humano no fue diseñado para hacer el mismo movimiento mecánico durante ocho horas seguidas como si fuéramos autómatas de saldo.

Increíble, ¿verdad? Según parece, si te duele el brazo cada día, tienes hormigueo en las manos o se te caen las cosas porque has perdido la fuerza, no es porque seas un flojo, sino porque tu puesto de trabajo es, siendo elegantes, una trampa ergonómica.

Lo fascinante de este recordatorio es que, aunque parezca sacado de un manual de ciencia ficción, garantizar una evaluación real del puesto, rotar las tareas y establecer pausas suficientes no debería ser un acto de caridad empresarial, sino la norma básica de cualquier lugar que pretenda llamarse "empresa" y no "máquina de triturar carne".

Es refrescante, casi hasta resulta esperanzador, leer estas guías que insisten en que, ante la menor señal de alerta, hay que documentar el riesgo y activar a los delegados de prevención. 

Es, en esencia, recordarnos que somos personas y no piezas de repuesto en un almacén.
Pero claro, aquí llega el momento de mirar hacia el otro lado del espectro político. 

Mientras el sentido común dicta que cuidar al trabajador es, además de humano, eficiente, tenemos a ciertos sectores —esos que suelen pasearse con la bandera de la gestión económica impecable— como el PP y Vox, que parecen tener una alergia crónica a estas medidas. 

Para ellos, cualquier intento de limitar los ritmos de trabajo o exigir una adaptación ergonómica es poco menos que un ataque al progreso o una "imposición intervencionista".

¿Cómo van a preocuparse por un túnel carpiano o una tendinitis si su modelo de gestión se basa en la precariedad como motor de productividad? 

Es un ejercicio de cinismo bastante brillante: exigir el máximo rendimiento mientras se ignora sistemáticamente que el cuerpo, ese molesto activo físico, tiene límites. 

Mientras estas formaciones sigan considerando que la prevención de riesgos es un obstáculo burocrático en lugar de un derecho fundamental, seguiremos viendo cómo tratan al empleado como un consumible más.

En fin, parece que la lucha por no terminar el día con el cuerpo hecho un cromo es, también, una lucha política. No esperes que te regalen la salud; si tu cuerpo te avisa, ya sabes: por escrito, al delegado y que se adapten ellos, que para eso se supone que pagan por el trabajo, no por la integridad física de tus articulaciones.

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