El YKT6 y otros nombres impronunciables: Un rayo de luz en el pozo de la ELA
Leer el reciente artículo "Descubrimiento-de-nuevos-genes-relacionados-con-la-ELA" deja una sensación agridulce.
Por un lado, es una noticia científica fantástica que aplaudo con ganas. Por otro, el cinismo llama a mi puerta y pienso en lo insoportablemente lenta que es la ciencia cuando la vives desde el lado familiar; al final, es otro hallazgo gigantesco que, desgraciadamente, llega tarde para mi padre.
Resulta que los investigadores del famosísimo "Proyecto MinE" han analizado datos de secuenciación de exomas de nada menos que 17.919 personas con ELA y 200.703 participantes de control. Han hecho falta 22 centros de investigación internacionales coordinados desde Holanda y 12 años de evolución del proyecto para arrojar luz sobre algo vital: la ELA no es una sola enfermedad, sino un grupo de trastornos impulsados por múltiples vías biológicas.
Todo este esfuerzo titánico (compitiendo en envergadura con los grandes proyectos del cáncer) solo para encontrar unas cuantas piezas de un puzzle genético inmenso.
El hallazgo estrella de la temporada es el gen YKT6. Este gen codifica una proteína encargada del transporte de vesículas, que es básicamente el sistema que mueve las proteínas y moléculas esenciales de un lado a otro dentro de la neurona para generar energía o comunicarse. Cuando este sistema se altera, el tráfico de proteínas falla, se acumulan moléculas anómalas y la neurona motora degenera perdiendo su función. Vamos, que el tráfico intracelular se colapsa de forma muy parecida a las rutas de transporte y el Cercanías en Móstoles en plena hora punta; si falla la conexión y el movimiento, todo el sistema se va al garete. Este descubrimiento refuerza que la alteración de ese transporte intracelular es una vía biológica fundamental en la enfermedad.
Por si fuera poco, han sumado a la lista de sospechosos a otros genes con nombres que parecen contraseñas del wifi: HTR3C, GBGT1 y KNTC1. Aunque todavía tienen que investigar más para saber qué hacen exactamente, intuyen que andan metidos en la biología de la membrana celular y la comunicación entre neuronas. También han aportado pruebas más firmes sobre otros genes ya conocidos, como el ARPP21, causante de mutaciones patogénicas descubiertas recientemente en varias familias del entorno de La Rioja, Navarra y el País Vasco.
Todo esto tiene una importancia capital porque entre el 90% y el 95% de los casos de ELA son esporádicos. Es decir, a la inmensa mayoría le toca esta lotería macabra sin tener antecedentes familiares evidentes, y no presentan mutaciones en los genes más habituales como el SOD1 o el C9orf72. Que estas variantes genéticas poco frecuentes también influyan en el riesgo de padecer ELA esporádica es una pista enorme sobre la que seguir trabajando.
Así que no, el documento no trae la pastilla mágica y admiten que esto todavía no es un tratamiento nuevo. Pero mentiría si dijera que no valoro inmensamente el descubrimiento.
Esto abre la puerta a cosas que suenan a ciencia ficción de la buena: terapias dirigidas a genes específicos, tratamientos basados en ARN (como los oligonucleótidos antisentido) y nuevos enfoques de medicina de precisión. El objetivo final es que, algún día, el tratamiento se adapte al perfil genético único de cada paciente.
Cada gen recién descubierto aporta una nueva pista al tablero.
Y aunque mi padre ya no esté aquí para beneficiarse de ello, saber que la investigación sigue avanzando y desentrañando este misterio hace que la esperanza, por muy sarcástica que se ponga a veces, siga completamente intacta
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