El milagro de bajarse del mundo (sin que te atropelle un repartidor de Amazon)
¡Paren las rotativas! Resulta que en este parque de atracciones desbocado que llamamos "vida moderna", donde medimos el éxito por los niveles de cortisol en sangre y la capacidad de responder correos mientras masticamos una tostada fría, hay quien sugiere que paremos.
Así, a las bravas.
El Dr. Mario Alonso Puig —ese faro de luz entre tanta niebla de PowerPoint— ha soltado una de esas verdades que te vuelan la peluca: «En un mundo de prisas, fabricar el tiempo necesario para dedicarlo a la práctica contemplativa exige darse cuenta de que esa dedicación merece la pena. Por eso la pregunta no es cuánto me va a costar, sino hasta dónde me puede llevar».
Brillante. Absolutamente brillante.
Y, sobre todo, una bofetada con la mano abierta a nuestra religión favorita: el "no me da la vida".
Fabricar tiempo (porque el uranio ya estaba cogido)...
Fíjense en el verbo que utiliza: fabricar. No dice "buscar", ni "encontrar". No, porque el tiempo libre no es como un billete de cinco euros que te encuentras en el bolsillo de un vaquero. El tiempo hoy en día hay que falsificarlo, extorsionarlo, robárselo a las pantallas.
Para el ciudadano medio, sentarse a mirar la pared o a respirar de manera consciente —lo que los modernos llaman mindfulness y nuestros abuelos llamaban estar a la fresca— suena a deporte de riesgo. ¿Cómo voy a regalarle veinte minutos al vacío cósmico si aún no he respondido al grupo de WhatsApp de la comunidad de vecinos?
Pues ahí está la gracia. El doctor tiene toda la razón: exige darse cuenta de que merece la pena. Exige el acto heroico y casi antisistema de entender que estar desocupado cinco minutos no te convierte en un paria social, sino en alguien cuerdo.
La contabilidad del espíritu:
¿Cuánto cuesta o a dónde nos lleva?...
Vivimos obsesionados con el precio de las cosas. ¿Cuánto me va a costar esto en términos de productividad? ¿Cuántos impactos va a sufrir mi marca personal si me desconecto una hora?
La pregunta no es cuánto me va a costar, sino hasta dónde me puede llevar.
Si abordamos la meditación, la contemplación o el simple hecho de mirar cómo se mueve la copa de un árbol con mentalidad de contable, estamos listos de papeles. "Llevo diez minutos respirando y todavía no he facturado nada, esto es una estafa".
Lo que nos está diciendo Puig, y que compro con los ojos cerrados, es que la práctica contemplativa no es un gasto, es una lanzadera. No se trata de lo que dejas de hacer hoy, sino de la clase de persona (menos desquiciada, presumiblemente) que va a regresar de ese viaje interior.
¿Hasta dónde te puede llevar? Quizá no a las Bahamas, pero sí a un lugar idílico donde el parpadeo del testigo del coche no te provoque un microinfarto. Y eso, amigos, ya es el paraíso.
Conclusión (antes de que miren el reloj otra vez)...
Así que sí, valoro positivamente el chute de realidad. Hay que tener mucho valor para recordarle a una sociedad hiperactiva que el verdadero lujo no es un coche mejor, sino la soberanía sobre tus propios minutos.
La próxima vez que sientan que el mundo los engulle, recuerden al doctor. Dejen el móvil, siéntense, respiren y no piensen en lo que están perdiendo.
Piensen en la maravillosa locura de descubrir hasta dónde demonios puede llevarles el silencio.
(Y si no les lleva a ninguna parte, al menos habrán descansado las cervicales, que buena falta nos hace).
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