El desguace humano: Diario de un paciente VIP

Bienvenidos una vez más a El vicioso errante. Parece que mi cuerpo ha decidido coleccionar diagnósticos médicos como si fueran cromos de edición limitada. 

Para empezar por los cimientos, llevo con la flamante etiqueta de Diabético Tipo 2 desde el 2004, cuando apenas tenía 30 añitos. Tras años de dulce rebeldía metabólica, ahora me he subido al carro de la modernidad con el famoso Ozempic y mi inseparable Xigduo, logrando por fin unas hemoglobinas glicosiladas (5,8% y 6,4%) que casi parecen de una persona sana. 

A eso sumémosle un "ligero" sobrepeso de hasta 120 kg para mis nada despreciables 1,88 metros, colesterol rebelde con pedigrí genético —domado a duras penas a base de Atorvastatina y Ezetimiba—, y el ácido úrico por las nubes. Al menos dejé de fumar puros hace un par de años, demostrando que algo de instinto de supervivencia me queda.

Lo de "errante" en este blog ahora cobra más sentido que nunca. Mis nervios periféricos han presentado su dimisión irrevocable; literalmente dan cero milivoltios de respuesta en algunas zonas de los pies. Así que, gracias a una neuropatía severa que me regala calambres, torpeza, debilidad y la fascinante sensación de llevar calcetines invisibles todo el día, me he agenciado un bastón para no ir besando las aceras. 

Eso, y unos zapatos ortopédicos preciosos con plantillas de descarga para cuidar el recuerdo de una úlcera que estuvo a punto de costarme un dedo y me tuvo un año entero de curas. Todo este festival de calambres está amablemente patrocinado por mis queridas Pregabalina y Duloxetina.

Si me miráis a la cara y notáis que tengo una pupila más grande que la otra, no es que viva asombrado por el mundo, es simple disautonomía. Por dentro, la óptica está aún más colorida: retinopatía diabética y un historial de pinchazos de Lucentis en el ojo izquierdo que ríete tú de las películas de terror de Serie B. 

Y por si faltaba emoción a la trama, soy oficialmente un paciente de "alto riesgo vascular". Mi cerebro ya luce sus propias manchitas de isquemia subcortical y mis arterias empiezan a coleccionar discretas placas de ateroma.

Por las noches, el espectáculo continúa. Con mi lengua tamaño XXL y mi paladar rebelde, ronco como un motor gripado y me quedo frito por el día. Por si fuera poco, mi sangre es tan espesa que casi se podría untar en tostadas, alcanzando en ocasiones un 53,3% de hematocrito.

Con este maravilloso catálogo de taras físicas, lo raro sería tener la mente de un monje zen. Sumando el estrés constante a las tragedias familiares —la pérdida de mi padre por ELA y el durísimo golpe del cáncer de mi madre—, me ha quedado de recuerdo un encantador trastorno mixto ansioso-depresivo. 

Menos mal que el Lorazepam y la pasiflora acuden raudos al rescate cuando las crisis de ansiedad o el drama aprietan.
Pero oye, no todo son malas noticias en este cuerpo escombro. 

Según las ecografías, tengo el hígado y el bazo más grandes de lo normal, ergo tengo "más" órganos que el resto de los mortales. Y lo más importante de todo: la revisión ortopédica de mi última operación de hernia umbilical en 2024 dice que la herida está espectacular y mi movilidad es envidiable. 

De la hernia discal extruida en la zona lumbar mejor ni hablamos, que por ahora prefiere no molestar demasiado. Así que, con mi bastón en una mano y el pastillero tamaño familiar en la otra, aquí sigo. 

Dispuesto a dar mucha guerra...

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