Neuropatía de organizaciones políticas: cuando el exceso de azúcar electoral te gangrena las bases


Hay que reconocerles el mérito: en las organizaciones políticas contemporáneas no hacen política, practica la repostería fina. 

Llevamos años alimentándonos a base de una dieta estricta de glucosa ideológica pura, eslóganes empalagosos, promesas de algodón de azúcar y un jarabe populista tan denso que te obstruye el juicio con solo mirar el telediario.

Y claro, cuando sometes a un organismo a una sobredosis ininterrumpida de azúcar sin hacer un solo minuto de ejercicio real de gestión, el cuerpo colapsa. La ciencia médica lo llama polineuropatía diabética. 

La sociología moderna lo llama «así funcionan las organizaciones hoy».

La comparativa es tan exacta que asusta.

1. La causa: Hiperglucemia de promesas vacías...
Para desarrollar una buena neuropatía, primero necesitas años de glucosa descontrolada circulando por las arterias. En la sedes, el azúcar son los discursos prefabricados: "El pueblo unido", "La patria que madruga", "La resiliencia transformadora", "Un escudo social de titanio". Carbohidratos vacíos. Cero proteínas, cero fibra, cero soluciones estructurales.
El aparato central vive en un subidón metabólico permanente mientras reparte caramelos a una militancia desnutrida que aplaude con la boca llena de sacarina.

2. El mecanismo: ahogar los vasa nervorum (o cortar la línea con la calle)...
En la patología diabética, el exceso de azúcar destruye los diminutos vasos sanguíneos (vasa nervorum) que oxigenan y nutren a los nervios periféricos.
En las organizaciones políticas, la cúpula hace exactamente lo mismo con los canales que conectan el despacho con la realidad:
Asfixian a las asambleas locales.
Purgan a cualquiera con sentido crítico.
Blindan las listas cerradas para que el oxígeno solo llegue al núcleo dirigente.
El resultado es idéntico: el nervio periférico (el militante de barrio, el concejal de pueblo, el delegado sindical) deja de recibir riego sanguíneo. Se queda aislado, desnutrido y funcionalmente muerto.

3. El síntoma inicial: parestesias y distorsión de la realidad...
Antes de perder la sensibilidad por completo, el nervio enfermo envía señales aberrantes: hormigueo, pinchazos, ardor inexplicable.
En la política moderna, esto se traduce en el desconcierto generalizado: el votante empieza a notar que "algo no cuadra", escucha consignas contradictorias en una misma semana y siente ese cosquilleo de estafa inminente. La directiva, en lugar de regular la glucosa, sube el volumen del mitin.

4. La fase crítica: pérdida total de la sensibilidad al dolor...
Esta es la fase estrella de la polineuropatía y la especialidad de nuestros comités ejecutivos. El nervio muere y el cuerpo pierde los reflejos de protección. Ya no sientes el dolor.
Un paciente con neuropatía avanzada se clava una chincheta en el pie y sigue caminando tan tranquilo porque no se entera de nada. A nuestras organizaciones les pasa igual:
Se pegan una bofetada histórica en las urnas y salen diciendo que "han frenado el avance del rival".
El precio de la vivienda expulsa a generaciones enteras y celebran un bono de 20 euros para el cine.
La sanidad pública colapsa y responden cambiando el logotipo del ministerio.
Pisan brasas ardiendo a diario, pero tienen los nervios de la autocrítica tan necrosados que no sienten nada. Sonríen, ajustan el nudo de la corbata y siguen caminando sobre cristales rotos como si estuvieran en una pasarela.

5. El desenlace: la úlcera indolora, la necrosis y la amputación...
Cuando no sientes el daño, una simple rozadura en el talón se convierte en una úlcera profunda. La herida se infecta en silencio, el tejido se vuelve negro y la gangrena se extiende. Para cuando en la sede central bajan la mirada y ven que el pie ya no tiene pulso, la única salida es la amputación: expulsión de corrientes críticas, dimisiones en diferido, escisiones vergonzantes y descalabro electoral.

El diagnóstico diferencial: En medicina, la cabeza y los pies sufren las consecuencias del mismo cuerpo. En la política, la cúpula siempre se asegura una indemnización, un consejo de administración o una tertulia matinal bien remunerada.

La cabeza sobrevive sin problemas a la gangrena. Pero abajo, en la base, donde están los pies que tienen que madrugar, aguantar los turnos dobles, pagar el alquiler abusivo y soportar el peso de todo el edificio... ahí el tejido ya no da más de sí.

Ellos se pegan el atracón de azúcar, ellos se insensibilizan ante la realidad, ellos pudren las estructuras... y así nos va a la clase obrera.

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