Manual de supervivencia para pies que no sienten ni padecen (pero sí cobran)
¿Sabéis esa sensación de seguridad absoluta? Yo tampoco.
Pero según los manuales médicos, si eres diabético, tu vida debería convertirse en un episodio de CSI: Pies de Barrio. Según leía el otro día un protocolo de prevención de 2019, me di cuenta de que mi relación con mis propios pies ha pasado de ser una amistad despreocupada a una vigilancia de estado policial.
Resulta que ahora, para lavarme los pies, necesito más instrumental que un laboratorio de la NASA. Jabón de pH 5,5, manoplas de algodón virginal y un termómetro para el agua.
¡Un termómetro! Porque, claro, mi neuropatía ha decidido que el concepto de «temperatura» es una opinión subjetiva.
Si el agua quema, mis pies dicen: «¿Qué agua?». Así que, si me veis en el baño con un termómetro clínico y cara de inspector de sanidad, no os preocupéis, es solo mi rutina diaria para no acabar con los pies al punto.
Y luego está el calzado. Ese baile erótico de ir a comprar zapatos por la tarde, cuando los pies están como dos botijos de hinchados, para sentir el interior con la mano como si estuviera buscando un tesoro perdido.
Nada de chancletas, nada de ir descalzo por la piscina, nada de sandalias. Básicamente, mi verano se resume en ir vestido como si fuera a conquistar el Ártico, mientras los demás lucen pedicura y libertad.
Pero mi parte favorita es la de la «luz y el espejo irrompible». Porque, seamos sinceros, ¿quién no disfruta contorsionándose en el baño para inspeccionar la planta del pie con un espejo, esperando no encontrar esa sorpresa que el sistema inmunitario ha decidido ignorar?.
Me dicen que es un «seguro de vida». Y lo entiendo, de verdad.
Pero a veces, entre tanto calcetín sin costuras, tanta lima de cartón y tanto evitar braseros y mantas eléctricas como si fueran artefactos explosivos, uno siente que los pies se han convertido en el activo más valioso (y estresante) de su cartera de valores.
Así que sí, seguiré con mi liturgia de cuidados. Porque ya que mis pies han decidido dejar de hablarme (o mejor dicho, de enviarme señales de dolor cuando las cosas se ponen feas), me tocará a mí ser el narrador de esta historia.
Eso sí, como me encuentre una costura mal puesta en un calcetín nuevo, juro que voy a escribir una reseña que hará temblar los cimientos de la industria textil.
Seguimos en la brecha, paso a paso, pero con el termómetro en la mano.
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