¡Liquidación total! Se venden cuerpos, se regalan eufemismos (y se borran madres)
¡Qué tiempos tan modernos y maravillosos nos ha tocado vivir! Nunca antes había sido tan sencillo, barato y "cool" deshacerse de las mujeres mientras, paradójicamente, seguimos usando sus cuerpos como si fueran una Thermomix de última generación.
Resulta que ahora, llamar a las cosas por su nombre es algo "incómodo". La palabra MADRE debe de tener algún tipo de virus alérgico para el sistema, porque están haciendo un esfuerzo titánico por desdibujarla.
¿El plan? Muy sencillo (y muy patriarcal de toda la vida, pero con purpurina):
Neutraliza el lenguaje: No digas madre, di "progenitor gestante" o "persona con capacidad de gestar". Porque claro, nombrar la realidad biológica y política de las mujeres es de una falta de elegancia tremenda. Mejor convertirnos en una "función sin sujeto", como un algoritmo, pero con ojeras y suelo pélvico debilitado.
Mercantiliza el pack completo: Mientras nos borran del diccionario, nos mantienen bien presentes en el mercado de abastos. ¿Necesitas un bebé? Alquila un vientre (perdón, una "gestante subrogada", que suena más a contrato de consultoría).
¿Necesitas placer o fantasía? Ahí tienes la pornografía y la prostitución. ¿Necesitas óvulos o leche materna? Pasen y vean, que el cuerpo de la mujer está en oferta permanente.
Vacía el vínculo: Intentan convencernos de que ser madre es una categoría intercambiable, algo que se puede comprar, vender o sustituir por un término administrativo. Pero, ¡vaya por Dios!, resulta que la maternidad es una experiencia encarnada, una resistencia física y emocional que no cabe en sus Excel de "libre mercado".
Es fascinante ver cómo la vieja lógica de "disponer de las mujeres" se ha disfrazado de vanguardia. Nos quieren convencer de que, para ser modernos, tenemos que aceptar que nos conviertan en "materia disponible". Que nuestra capacidad de crear vida es solo un servicio técnico más en la economía global.
Pues atención, spoiler: La madre no es un concepto. Es el origen, es la memoria y es, sobre todo, una certeza política que se niega a desaparecer por mucho que le cambien el nombre en los formularios.
Así que, yo me quedo con la resistencia. Me quedo con el acto de justicia que supone decir MADRE en voz alta, sin pedir perdón y sin permiso de quienes pretenden convertirnos en envases desechables.
Porque hay realidades que, si se rompen, se llevan por delante todo lo demás.
Y a las mujeres no nos van a borrar, ni con eufemismos, ni con contratos de alquiler.
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