Filosofía de oficina (o cómo aprender que tu "mucho" no es el "mucho" de nadie)
Resulta que me he topado con una lección de vida bastante profunda, de esas que te sueltan en medio de un martes cualquiera en la oficina y te dejan pensando si eres tú el que está loco o si el resto del mundo vive en una dimensión paralela.
Todo esto viene a raíz de una lectura sobre los monzones en Asia —sí, esas lluvias que duran meses y que harían que cualquier madrileño medio se comprara un arca de Noé—.
El caso es que, cuenta el autor en un momento de lucidez (o de aburrimiento extremo), una compañera china entró en la oficina después de su pausa de mediodía. Con esa sencillez tan característica de quien ha visto cosas que nosotros ni imaginamos, me soltó una frase lapidaria: «No puedo responderte a esa pregunta, Julio, pues yo no sé lo que es llover mucho para ti».
Punto y aparte.
Ahí me quedé yo, con cara de no saber si estaba diluviando o si me estaba cayendo un meteorito encima, intentando procesar cómo mi concepto de "llover mucho" acababa de ser invalidado por completo.
Y es que, en nuestra infinita soberbia occidental, nos hemos creído que nuestra vara de medir es la universal. Que si aquí caen cuatro gotas seguidas ya es el apocalipsis meteorológico, y nos creemos con derecho a etiquetarlo de "mucho".
Pero, claro, si te vas a Shanghái y te pilla un monzón que decide descargar el 80% de la precipitación anual de golpe, mi "mucho" se convierte instantáneamente en una anécdota ridícula, casi un cumplido para las nubes.
Es fascinante cómo nos encerramos en nuestra pequeña burbuja, convencidos de que nuestra realidad es la única que existe.
Su compañera, con esa frase, no solo le dejó callado, sino que le puso frente al espejo de su propia ignorancia. Al final, todo es relativo, excepto quizás el hecho de que seguimos siendo esclavos de la intemperie, por mucho que queramos fingir que nuestra ultramodernidad nos protege de cualquier inclemencia.
Así que, la próxima vez que alguien me pregunte si llueve mucho, creo que voy a aplicar la técnica zen: me quedaré mirando al infinito con una sonrisa críptica y diré que depende, que todo depende de lo que cada uno entienda por "mucho". Eso sí, con un toque de sarcasmo bien puesto, que es lo único que nos mantiene cuerdos en esta oficina.
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