El robot de Confucio o cómo convertirnos en mascotas digitales


¿Alguna vez han sentido que su vida no es más que una serie de "Acepto" en términos y condiciones que nadie lee, mientras un algoritmo decide si merecen un crédito, un trabajo o, quién sabe, si deben ser atropellados por un coche autónomo sin frenos? Pues tranquilos, que no están solos en este despropósito.  

Resulta que hemos creado una inteligencia artificial que, según los expertos, va a ser 300 veces más rápida que la Revolución Industrial. ¡Casi nada! 

Y claro, como somos así de listos, hemos dejado que el control de esta pequeña "revolución" caiga en manos de una élite corporativa con la que ni siquiera hemos firmado un contrato social. Pero oye, al menos tenemos mejores recomendaciones de series, ¿no?  

La lectura del día nos regala una joyita: "El robot de Confucio". Porque al final, cada línea de código es un reflejo de quien lo escribe. 

Si el programador es un desastre ético, su código será otro desastre, solo que más eficiente. La IA no es ese ente mágico y neutral que nos prometieron; es una herramienta que lleva la firma (y los prejuicios) de sus creadores.  

Y aquí viene el giro: parece que en esta carrera por el control absoluto, Europa va en el furgón de cola, viendo cómo el duelo se disputa entre Estados Unidos y China. Y mientras China se toma la IA como una cuestión de Estado y Xi Jinping lee sobre algoritmos maestros para que sus máquinas evolucionen de forma insólita, nosotros aquí, a nuestras cosas, alimentando con nuestros datos la red que, probablemente, termine rediseñando nuestra propia cosmovisión.  

Al final, este futuro digital parece que se nos está "achinando" por momentos. ¿Que qué podemos esperar de una "roboética" global si ni siquiera pudimos coordinarnos para una pandemia?

 Pues eso, esperemos sentados, porque las máquinas ya están tomando nota de todo.  

Disfruten de su libre albedrío mientras dure, que los algoritmos no olvidan ni perdonan.  

Comentarios

Entradas populares de este blog

Valentín González Prieto: hoy, en la supraconciencia, vuelve a cumplir años

Trazado arquitectónico para un campesino en el Oriente Eterno: el taller resiste, pero mis columnas se oxidan, Valen.

La invisibilidad de mi lucha. Más allá del "yo te veo muy bien".