El gran lavado del karma tóxico

Todo empezó donde terminan los buenos consejos de internet: en el cajón de tu congelador, justo entre una bolsa de guisantes a medio empezar y unos hielos con sabor a pescado. 

Los cuatro papelitos con los nombres de tus némesis personales llevaban ahí tanto tiempo que habían desarrollado escarcha. 

Pero en el mundo de los sueños, ese cajón no era un electrodoméstico; era la entrada a La Gran Lavandería Industrial de la Justicia Poética....

Te encontrabas en una pasarela de metal, vistiendo una bata de director de orquesta. Abajo, el túnel de lavado rugía.

De repente, una gigantesca pinza robótica, iluminada con luces de neón como las de las máquinas de peluches de las ferias, descendió de las alturas. 

No agarró a las cuatro personas tóxicas con violencia, sino con la misma delicadeza pasivo-agresiva con la que ellos te trataban a ti. Los cuatro estaban ahí suspendidas en el aire, quejándose de trivialidades y criticando la decoración del lugar y riéndose de ti, sin ser conscientes de su destino.

Fase 1: Desinfección de malas vibras...
La pinza los soltó. ¡Plof!.
Cayeron directamente en la tolva del túnel de lavado. No hubo ahogamientos ni dramas, sino una montaña infinita de espuma con olor a lavanda y detergente quitamanchas de "actitudes pasivo-agresivas". A través del cristal blindado, podías verlos dar vueltas. Sus caras de indignación eran épicas mientras toneladas de suavizante industrial intentaban, por fin, suavizarles el carácter.
Giraban y giraban, mareados como peonzas, tragando burbujas que al explotar sonaban como sus propias excusas baratas y frases casposas denigrantes hacia los demás.

Fase 2: Secado y transmutación...
Tras el enjuague, la cinta transportadora los escupió directamente hacia la opción B de mi sueño: la secadora industrial.
El panel digital marcaba 60°C y "Modo Centrifugado Extremo: Nivel Huracán". Al darle al botón de inicio, el tambor empezó a girar a miles de revoluciones por minuto. En lugar de chocar de forma macabra, rebotaban unos contra otros como si fueran calcetines desparejados en una centrifugadora, perdiendo toda su toxicidad por pura evaporación.
El calor infernal y la velocidad absurda comenzaron a obrar la magia de los sueños. A medida que daban vueltas, la humedad de su veneno emocional se iba secando. Literalmente. Se iban encogiendo, deshidratando, perdiendo su forma humana para convertirse en pura esencia de puticlub de carretera.

El Resultado...
Ding.
La secadora anunció el fin del ciclo. Abriste la escotilla gigante de metal con una sonrisa de satisfacción. Una nube de vapor con olor a salazón y azufre salió del interior.
Al asomarte, no había rastro de ellos. En su lugar, en el fondo del tambor brillante, descansaba una bandeja de poliespán envuelta en film transparente. 

Dentro, perfectamente colocados, había un puñado de chicharrones crujientes y cuatro tiras de mojama de Barbate, bien tiesas, saladas y secas, exactas a cómo tenían sus almas. 

Me desperte de golpe, con una sonrisa de oreja a oreja, fui directo a la cocina, abri el congelador y, al ver los cuatro papelitos escarchados, pense que tal vez, solo tal vez, Henar Álvarez se quedó corta con el consejo.

Nota mental: nunca subestimes el poder terapéutico de un buen sueño absurdo para limpiar la mente.

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