El fascinante arte de llamar "comunista" a todo lo que hace sombra

Bienvenidos de nuevo a las reflexiones de El vicioso errante. Hoy toca ponerse el traje de politólogo de barra de bar, porque el nivel del debate intelectual que respiramos últimamente exige un análisis profundo y, sobre todo, mucha paciencia.

Resulta verdaderamente conmovedor observar la economía del lenguaje en la tertulia política moderna. 

¿Para qué vamos a perder el tiempo con matices aburridos o conceptos históricos que exigen haber leído más de dos párrafos seguidos? 

Palabras como "socialdemocracia" son demasiado largas, cansan la mandíbula y, seamos sinceros, obligan a saber de qué diablos se está hablando.

Por eso, una parte nada desdeñable del espectro conservador ha decidido que la sutileza está sobrevalorada y ha abrazado el comodín semántico definitivo: el término "comunista".

Es una etiqueta maravillosa por su extrema versatilidad. ¿Alguien sugiere que los impuestos deberían servir para que los hospitales públicos tengan gasas y más de dos médicos de guardia? ¡Comunismo! 

¿Se propone que los servicios públicos no se caigan a pedazos o que existan ciertas garantías laborales? ¡Puro estalinismo! 

¿Un carril bici nuevo en el barrio? ¡La mismísima encarnación del Ejército Rojo sobre dos ruedas! 

Todo lo que implique un mínimo de intervención estatal o solidaridad colectiva es arrojado sin piedad al mismo saco del terror soviético.

La ironía de este diagnóstico de brocha gorda es doble y absolutamente deliciosa. Por un lado, quienes agitan el insulto a diario demuestran un profundo desconocimiento de lo que implica realmente la socialdemocracia (ese sistema moderado que, con sus más y sus menos, levantó el Estado de bienestar europeo en el que tan cómodamente viven y prosperan).

Pero la pirueta analítica final, la verdadera obra maestra de la ignorancia autocomplaciente, es que tampoco tienen la más remota idea de qué significa verdaderamente el comunismo. 

Lo usan como el hombre del saco para asustar a los incautos. Si a muchos de estos expertos francotiradores de la palabra les pidieras que explicaran la alienación, la socialización de los medios de producción o el materialismo histórico, te mirarían con el mismo desconcierto que un gato frente a un truco de magia.

En fin, supongo que es mucho más cómodo reducir la complejidad del mundo a etiquetas que suenan fuerte, aunque estén completamente vacías de rigor en la boca de quien las escupe. 

Desde aquí seguiremos observando este fascinante universo de certezas absolutas, dogmas tuiteros y diccionarios cerrados con tres candados.

 Salud.

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