El arte de la alta costura sindical: rl XVI congreso de la UGT (Madrid, 1928)
¡Hola, amigxs del sindicalismo de etiqueta!
Hoy nos ponemos nostálgicos y viajamos en el tiempo hasta septiembre de 1928. Imaginaos el cuadro: Madrid, un calor de mil demonios, el vinito de la época y los líderes de la Unión General de Trabajadores (UGT) reuniéndose para su XVI Congreso.
Porque, a ver, ¿qué mejor momento para celebrar un congreso obrero que en pleno apogeo de la dictadura de Miguel Primo de Rivera? Sí, habéis leído bien. Mientras otros partidos y sindicatos estaban ilegalizados, perseguidos o directamente en el exilio, la UGT se mudaba a su flamante y nueva sede en la calle de Fuencarral.
Spoiler: las ventajas de ser el "sindicato de cabecera" del régimen por aquel entonces...
Una tensa calma (o cómo disimular el elefante en la habitación)...
El congreso fue un auténtico monumento a la diplomacia... o al equilibrismo político de alto riesgo. El gran debate del momento no era cómo asaltar los cielos, sino cómo seguir cayéndole bien al dictador sin que pareciera que se habían vendido por un plato de lentejas (o por unos asientos en los Comités Paritarios).
Largo Caballero (el "Lenin español", aunque en 1928 era más bien el "funcionario del mes") defendía con uñas y dientes que colaborar con la dictadura era "puro pragmatismo". Claro que sí, Julián. Si no puedes con el enemigo, búscate un despacho en su ministerio.
Indalecio Prieto, desde la barrera, miraba el panorama con una mezcla de asco y vergüenza ajena, criticando esa bonita amistad con los militares.
Al final, ¿quién ganó? Pues el ala colaboracionista, por supuesto. Porque no hay nada más revolucionario que la estabilidad laboral y un buen sueldo público garantizado por un general de Jerez.
En resumen...
El XVI Congreso de la UGT de 1928 nos dejó una lección magistral de supervivencia política: si las libertades democráticas te estorban para hacer crecer el sindicato, siempre puedes pedirle permiso al dictador de turno para celebrar tus reuniones en la capital.
Unos meses después, la dictadura caería, la República llegaría, y todos estos señores tendrían que fingir que la colaboración con Primo de Rivera había sido un "espejismo" o una elaborada estrategia de infiltración.
Y tú, ¿qué opinas?
¿Era pragmatismo genial o puro colaboracionismo con aire acondicionado?
¡Te leo en los comentarios!
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