Trazado arquitectónico para un campesino en el Oriente Eterno: el taller resiste, pero mis columnas se oxidan, Valen.
A estas alturas, al Gran Arquitecto del Universo ya le debe haber quedado claro que firmar tu pasaporte al Oriente Eterno fue un gravísimo error de cálculo logístico, Don Valentín González Prieto.
Me apuesto mi mandil a que ya le has reorganizado la logia celestial, montándole un par de huelgas y un piquete a las puertas del paraíso, con la plomada en una mano, el nivel en la otra, y siempre ataviado con tus irreductibles pantalones de seguros de tela.
Hoy, en el aniversario de tu tránsito, levanto este trazado en plancha para que resuene entre los profanos y los comemierdas de este valle de lágrimas, a ver si se enteran de una vez por todas que a los símbolos se les respeta.
Menudo descojone te traerías si vieras el patio de las columnas por aquí abajo, Valen. El cipote que tienen montado los putos locos que dirigen el cotarro es de traca.
A ver si nos echas un cable desde tu supraconciencia y haces gala de tus ajusticiamientos, que ya lo decías tú: aquí se mata poco y mal. Pero bueno, mientras tanto y como siempre repetías: si ladran, cabalgamos.
Yo, por mi parte, quiero que sepas que he vuelto a los orígenes; unos orígenes que, paradójicamente, jamás palpé sindicalmente hablando cuando tú dabas martillazos en la mesa. He dejado todos los metales profanos en la puerta del Templo.
Ya no ostento más mallete ni tengo más responsabilidad sindical que la de ayudar, como un simple compañero desbastando la piedra bruta, al sector de Madrid de Oficinas y Seguros de FeSMC-UGT allí donde se me requiera. Sin cargos rimbombantes, sin medallas, solo con la voluntad de echar el resto en la Gran Obra.
Y te digo una cosa, campesino: los trabajos en este taller fluyen con una precisión que asustaría a la mismísima Escuadra.
Comparto faena a diario con un equipo fabuloso y voluntarioso, de esos que no temen ensuciarse las manos golpeando el cincel contra la ignorancia. Hasta tenemos entre las columnas a alguna que otra dirigente de las de verdad, de las que no necesitan ritos ni mandiles pomposos para ir rectas y que, a ratos, parece rozar la mismísima santidad.
Sí, ya sé que para un anticlerical y descreído confeso como tú esto de la santidad suena a herejía inaceptable, pero te juro que hasta tú acabarías venerando su labor con esa media sonrisa socarrona tuya y esa mirada masónica tuya que editorializaba sin necesidad de abrir la boca.
Pero no todo está a escuadra, Venerable Maestro. Respecto a mi envase carnal, me temo que las herramientas se me están oxidando a pasos agigantados. Mis cosas de dentro están cada vez más herrumbrosas. Las averías isquémicas, los chispazos de la neuropatía y el azúcar me tienen el templo a punto de la ruina y la excomunión física. Las columnas de mi edificio ceden, las lumbares ya no aguantan la bóveda, y el sistema vascular hace cortocircuito constante.
Vamos, que no creo que me quede mucho tiempo entre los vivos, corporalmente hablando. La piedra se resquebraja sin remedio y presiento que más pronto que tarde tendré que pedir mi salario para ir a compartir espacio cuántico contigo.
Mientras tanto, y hasta que me toque cruzar entre columnas por última vez, seguiré aguantando a los que no han pasado por las horcas caudinas en su puta vida.
Ya me invitarás a esos calamares en la campana o a los dulces "sin azúcar" de la Mallorquina cuando nos veamos en el ágape celestial.
Y por cierto, si te cruzas con la señora Julita por ahí arriba, guíate por el olor a cocido madrileño o callos con garbanzos, que seguro que andará cerca.
Que la tierra te siga siendo leve, so cabronazo.
Seguiremos sin dar ni un paso atrás, ni pa coger impulso.
Tuyo y de la causa obrera, siempre, campesino.
Este escrito es un testamento de vida, militancia y fraternidad.
ResponderEliminarValentín, esté donde esté, seguro que esboza esa media sonrisa socarrona al leerlo.