¿Nos aman o solo quieren adornar el salón? La insoportable hipocresía del "amor" humano
Menuda dosis de cruda realidad matutina me he llevado al leer una pequeña fábula de calendario que ha desmontado, en apenas tres párrafos, toda la industria de San Valentín y la poesía romántica barata.
El texto en cuestión plantea un debate existencial entre dos rosas en un jardín.
La primera, bendecida con una ingenuidad casi insultante, dice que es feliz porque la gente las "ama de verdad" y que no escatiman en gastos ni sacrificios para tenerlas. Claro que sí, guapi.
Entonces llega la segunda rosa —la que claramente ha leído a Schopenhauer o se ha tomado el café sin azúcar— y le suelta un bofetón de cruda realidad.
¿Qué es eso de amar?, se pregunta. Y desmenuza el sádico 'modus operandi' humano con una precisión quirúrgica:
"Dicen que nos aman, y sin embargo, nos arrancan de los jardines donde vivimos felices, causándonos con ello dolor. Después nos entregan a sus amigos (...) nos colocan en preciosos jarrones, para luego retenernos como prisioneras en sus casas... Cuando nos secamos y ya no somos útiles, nos tiran al cubo de la basura".
Brutal. Y real como la vida misma.
El "Amor S.A." y el egoísmo estético...
Reflexionándolo bien, la rosa cínica tiene toda la razón. Qué bonita y retorcida forma tenemos los seres humanos de demostrar afecto. Te quiero tanto que te arranco las raíces, te condeno a una lenta asfixia en agua estancada dentro de un jarrón de cristal de Bohemia y, cuando tu cadáver vegetal empieza a oler a rancio y a perder pétalos, te tiro al contenedor gris sin mirar atrás. Todo un poema.
Pero ojo, que la fábula no se queda ahí. También le dedica un bonito dardo a los que hacen negocio a su costa: "A base de explotar nuestra belleza y fragancia se hacen ricos". El capitalismo floral en su máxima expresión. San Valentín, el Día de la Madre... festividades construidas sobre el secuestro masivo de flora indefensa para que podamos decir "lo siento por olvidarme de nuestro aniversario, toma este manojo de tallos moribundos".
Conclusión (o por qué deberíamos pedir perdón a los geranios)...
La conclusión de la rosa escéptica es impecable y demoledora: "Si lo que los humanos hacen con nosotras es amor, yo no quiero ser amada".
A partir de hoy, mirar el ramo de la mesa del comedor va a ser una experiencia radicalmente distinta. Ya no veré un bonito detalle decorativo; veré un drama carcelario, un síndrome de Estocolmo vegetal en el que los humanos somos los villanos que sonríen mientras cortan tallos en diagonal "para que aguanten más".
Definitivamente, si las plantas tuvieran un sindicato o un tribunal de derechos humanos, estaríamos todos entre rejas.
Menos mal que, de momento, solo se defienden con espinas.
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