No, no es cosa de niños: el espejo roto donde se miran nuestros políticos

Me repugna los comentarios de mi último post: "No le des importancia, son cosas de niños". Ese comentario de manual, esa frase comodín que usamos para no enfrentarnos al hecho de que estamos criando a futuros jueces del Tribunal Supremo del odio. 

Alguien, desde la comodidad de su teclado, quería quitarle hierro a unos gritos de “maricón” en una piscina.

No, señor/a. No es cosa de niños....
La infancia no es una incubadora natural de fascismo, por mucho que a algunos sectores de la derecha y la ultraderecha les encantaría que fuera así. Los niños no nacen con un carnet de militante de Vox bajo el brazo ni con el manual de "cómo ser un buen facha" en la mochila. 

No nacen despreciando; aprenden. Repiten. Absorben. Observan cómo sus referentes políticos —esos que salen en la tele prometiendo "acabar con el adoctrinamiento" mientras adoctrinan en el miedo— utilizan los mismos gritos, los mismos gestos y el mismo desprecio por la diferencia.

Es fascinante ver cómo desde el PP y Vox se indignan si alguien les llama fascistas, pero luego normalizan barbaridades que, de tanto dejarlas pasar, acaban pareciendo "sentido común". 

Porque claro, si un diputado puede soltar una burrada homófoba en el Congreso sin que se le caiga la cara de vergüenza, ¿por qué no va a poder un niño gritar lo mismo en la piscina? El niño solo está haciendo un masterclass de coherencia con el discurso de sus ídolos parlamentarios.

Nos dicen que tenemos la "piel fina". Es su frase favorita. Cuando alguien pide un mínimo de decencia, ahí vienen los valientes de la "libertad de expresión" a decirnos que siempre se ha dicho, que "es humor", que "no se puede decir nada". 

Pues mire usted, si para ser libre tengo que permitir que se insulte a mis vecinos por su orientación sexual, por su color de piel o por su origen, a lo mejor es que vuestro concepto de libertad es, sencillamente, una ordinariez.

Hubo un tiempo en el que frases cargadas de caspa y odio se decían sin pestañear. "Mujer tenías que ser", "trabajo de negros", "eso es de maricones". 

Muchos aprendimos esas frases en el patio, sí. Pero la diferencia es que algunos hemos tenido la decencia de desaprenderlas. Otros, sin embargo, han decidido hacer de ese vocabulario de taberna de los años 50 su programa electoral.

Cuando un niño grita “maricón” en la piscina, no es una travesura. Es el eco perfecto del discurso que sale de los micrófonos de la extrema derecha y de la complacencia silente de quienes les abren las puertas de los gobiernos municipales y autonómicos.
No, no es cosa de niños. Es cosa de modelos educativos. 

Es cosa de ejemplos adultos. Es cosa de que, mientras unos intentamos construir una sociedad donde quepamos todos, otros se dedican a ensuciar el terreno de juego para que solo ellos, los de "siempre", se sientan cómodos.
Lo dicho: no es cosa de niños. Es cosa de todos. 

Y sobre todo, es hora de que dejemos de darles el poder a quienes creen que el odio es una herramienta de gobierno.

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