La inquietante vigencia de “Las riquezas injustas” de Ernesto Cardenal

El poema “…Las riquezas injustas” de Ernesto Cardenal, inspirado en Lucas 16,9, es una de esas piezas literarias que incomodan, que desinstalan, que obligan a mirar de frente preguntas que suelen evitarse. No se trata de una acusación abierta, sino de una reflexión teológica, histórica y ética que roza lo subversivo: toda riqueza es, en alguna medida, injusta. 

La frase es provocadora, pero no gratuita. Cardenal la sostiene con un razonamiento que, verso a verso, desmonta las certezas más básicas sobre propiedad, legitimidad y justicia.

Un cuestionamiento radical del origen de la propiedad
El poema plantea una idea simple y a la vez devastadora: incluso cuando alguien posee un título legal impecable, firmado, sellado y registrado, ese documento no certifica la justicia del origen, sino únicamente la legalidad presente. La justicia, sugiere Cardenal, tiene memoria más larga que los códigos civiles.
La pregunta “¿compraste la hacienda a su legítimo dueño? ¿Y él la compró a su dueño? ¿Y el otro…?” abre una cadena infinita que conduce inevitablemente a un punto donde alguien fue despojado. 

El poeta apunta a un hecho histórico evidente: la conformación de la propiedad privada en muchas regiones del mundo —y especialmente en América Latina— está atravesada por expropiaciones, conquistas, abusos, fraudes o desigualdades estructurales que hicieron posible la acumulación.
No se trata de culpar al individuo actual; Cardenal apunta al sistema mismo. En su visión, la riqueza es herencia de una larga cadena de injusticias que nadie puede desandar del todo.
La ilusión de la legitimidad moderna

Cardenal continúa con una crítica más contemporánea: aunque el dinero provenga hoy de fuentes completamente legales —un cliente, un banco, el Tesoro Nacional— eso no garantiza que su origen remoto sea limpio. El capitalismo moderno, con sus instituciones robustas, pretende ofrecer legitimidad a cada transacción, pero el poeta insiste en que la legalidad no siempre coincide con la moralidad.

El verso “¿no fue alguna vez mal adquirido?” opera como un recordatorio de incertidumbre moral, casi como una culpa estructural que acompaña a las sociedades modernas. La riqueza circula, cambia de manos, se transforma, pero su pasado se oculta bajo nuevas capas de legitimación jurídica.

El poema es, por tanto, una meditación sobre la culpa histórica contenida en el dinero, una especie de pecado original económico.
Ni el capitalismo ni el comunismo salvan al hombre de sí mismo

La parte final del poema es particularmente interesante porque evita un lugar común: no idealiza los sistemas alternativos. Cardenal —poeta, sacerdote, revolucionario— afirma que ni siquiera en un Estado Comunista Perfecto dejarían de tener vigencia las parábolas de Cristo. Su crítica es transversal.
Esto es crucial. El poeta no cae en la romantización ideológica. La injusticia de la riqueza no desaparece con una revolución, porque su raíz es antropológica, espiritual, ética. 

No es el sistema lo que redime, sino la responsabilidad humana frente al otro.
Cardenal concluye que, independientemente del modelo político, existe una obligación cristiana —y podríamos decir también moral— de repartir la riqueza. No porque el sistema lo ordene, sino porque la justicia exige mirar al otro, compartir, asumir la responsabilidad ética del privilegio.
Un mensaje incómodo, pero urgente
Lo que convierte este poema en una obra vigente no es su contexto histórico, sino su capacidad para interpelar realidades actuales: desigualdades crecientes, concentración de recursos, debates sobre redistribución, responsabilidad social y memoria histórica.
Cardenal no pretende generar culpa, sino conciencia. Nos recuerda que la riqueza no es un objeto neutro: arrastra consigo una historia, y quien la posee tiene la responsabilidad de usarla no solo para sí mismo, sino para corregir, aunque sea parcialmente, las injusticias acumuladas.

Es un poema que incomoda. Y por eso mismo, necesario.

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