El templo del aglomerado y los tornillos huérfanos

Resulta que ahora el existencialismo no se busca en los libros de Sartre ni en los paseos solitarios bajo la lluvia. 

No, amigos. La iluminación espiritual y las respuestas a las grandes preguntas de la humanidad se encuentran entre la sección de alfombras TIPHEDE y los sofás KLIPPAN. O al menos eso nos propone el último grito del costumbrismo radiofónico: buscar a Dios en un IKEA.

Sí, habéis leído bien. Porque, claro, ¿qué mejor lugar para analizar la condición humana que un laberinto diseñado milimétricamente para que pases tres veces por delante de las mismas velas con olor a vainilla antes de encontrar la salida?

Dicen que allí dentro, entre "falsas realidades" —que en mi pueblo siempre se han llamado decorados para venderte una cama—, se encuentran historias verdaderas. Nos ponen el tierno (y a la vez dramático) ejemplo de la pareja que, azotada por el virus y la crisis, se queda sin curro y sin su "sueño en Madrid", viéndose obligada a mudarse al pueblo. Un drama real, desde luego. Pero oye, la epifanía te tiene que pillar rodeado de muebles prefabricados, que si no, la metáfora de la sociedad de consumo no queda tan redonda.

Y luego llega el turno de las preguntas profundas, de esas que te vuelan la cabeza un martes por la tarde:
¿Qué experiencias habéis tenido montando muebles de Ikea? ¿Os ha sobrado algún tornillo? ¿Tal vez dos extremos que nunca llegaron a encajar? ¿Habéis perdido la famosa llave maestra?
A ver, vamos a calmarnos. Que se nos está yendo la épica de las manos.

Perder la llave Allen o que te sobre un cilindro de madera no es una metáfora de la incomunicación posmoderna o del vacío existencial. Es, simple y llanamente, que no te has leído las instrucciones del buffet BRIMNES porque ibas de optimista por la vida. Que dos extremos no encajen no es el reflejo de un amor roto por el capitalismo tardío; es que has montado la balda del revés, alma de cántaro.
Ir a buscar misticismo a un templo del mueble de automontaje es el epítome de nuestros tiempos. 

Queremos épica en lo cotidiano, poesía en el aglomerado y teología en un perrito caliente de un euro a la salida.

Así que ya sabéis, la próxima vez que estéis al borde del colapso mental intentando encajar el fondo de un armario con un martillo que no tenéis, no os frustréis. No estáis sufriendo la mala calidad de los materiales; estáis viviendo una experiencia mística. 

Alabad al Dios de las tuercas y que la fuerza (y la paciencia) os acompañe.

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