El síndrome de Estocolmo viaja en metro (y a las seis de la mañana)
Es una verdad universalmente conocida que no hay nadie más generoso, comprensivo y protector en este planeta que un trabajador de clase obrera madrugando un lunes.
Piénsalo.
Suena el despertador a las cinco y media de la mañana. Fuera hace un frío que pela (o un calor de justicia, elija su propio colapso estacional).
Nuestro héroe se levanta con el tiempo justo para tomarse un café rápido y corre a mimetizarse con la masa en un vagón de metro colapsado o en un autobús que frena como si transportara ganado. Va apretado, con la axila de un desconocido a la altura de los ojos, calculando si el retraso de la línea hoy le va a costar una bronca del jefe. Gana un salario que, tras pagar el alquiler/hipoteca y ver la factura de la luz, se queda en un tierno recordatorio de que la esclavitud solo cambió de formato.
Y de repente, ahí ocurre el milagro de la ingeniería social.
Mientras roza el hombro de otra persona igual de agotada, gris y exprimida que ella, nuestro protagonista mira la pantalla del móvil y ve la noticia de que un milmillonario ha comprado su cuarto megayate con helipuerto integrado.
¿Su reacción? ¿Indignación? ¿Cuestionar la lógica de que un solo ser humano acumule la riqueza equivalente al PIB de un país mediano mientras el resto hace malabares para llegar a fin de mes?
¡Por favor, qué falta de clase!
Nuestro abnegado madrugador se coloca la capa de héroe anónimo y sale a Twitter —o al bar de la esquina— a defender el honor de ese magnate. “Es que genera empleo”, dice, con el abono transporte en la mano. “Es que si tiene ese dinero es porque se lo ha ganado esforzándose, no como los vagos que quieren todo gratis”, remata, mientras se limpia el sudor de la frente tras pasar hora y media de trayecto.
Es sencillamente brillante.
Hay que quitarse el sombrero ante el sistema; ha hecho un trabajo de marketing psicológico digno de estudio.
Lograr que la clase trabajadora admire y proteja a quienes se benefician directamente de su explotación es el mayor truco de magia de la historia contemporánea.
Nos han inoculado tan bien el virus de la meritocracia que mucha gente se siente más cerca de Elon Musk que del vecino del quinto que no puede pagar la comunidad. Se ven a sí mismos no como personas explotadas, sino como "multimillonarios en fase de calentamiento". Solo falta un empujón, ¿verdad? Un par de madrugones más, ponerle actitud positiva al madrugón y el yate será suyo.
Por eso es tan común ver cómo se desata la furia colectiva contra el que pide una ayuda social o contra el que sobrevive a duras penas en el eslabón más bajo. Al pobre se le fiscaliza cada céntimo, cada paquete de tabaco, cada muestra de "poca productividad".
Al fin y al cabo, criticar al de abajo es fácil, seguro y te hace sentir extrañamente superior. Pero, ¿cuestionar por qué unas pocas personas acumulan fortunas tan obscenas que no podrían gastárselas ni en siete vidas mientras millones se dejan la salud trabajando cuarenta años? Uh, cuidado, que eso es de resentidos.
Y así, entre defensa y defensa de privilegios ajenos, vamos normalizando el paisaje: jornadas inhumanas que te quitan las ganas de vivir, transporte público tercermundista, alquileres que devoran el 60% del sueldo y salarios de miseria que se celebran como si fueran un favor.
Que nadie se confunda, que luego nos llaman demagogos.
El problema nunca fue que existan personas con dinero. El problema es este gran decorado donde los que sostienen el mundo con sus costillas siguen viviendo al límite, al borde del abismo diario, mientras aplauden a los que miran el espectáculo desde la cima del tablero.
Pero qué sabré yo.
Mañana volverá a sonar el despertador a las seis y ahí estaremos todos en el andén, apretados, cansados, pero con el orgullo intacto de saber que las cuentas corrientes de los de arriba están a buen recaudo gracias a nuestro entusiasmo.
Buen viaje.
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