El retorno de la memoria:el día que "La Pasionaria" pidió volver
El 17 de febrero de 1977 no fue un día cualquiera para la historia de España, aunque en su momento ocurriera en la discreción de una embajada a miles de kilómetros. Tal día como hoy, Dolores Ibárruri, la mítica "Pasionaria", solicitaba en la Unión Soviética su pasaporte español. No era solo un trámite burocrático; era el primer paso físico de un regreso que simbolizaba, mejor que cualquier discurso, el fin de una era de hielo y el deshielo definitivo de la Transición.
La trayectoria de Ibárruri es, en sí misma, el retrato de las contradicciones y pasiones del siglo XX español. Resulta fascinante recordar que aquella mujer que hizo temblar los cimientos del orden establecido con su oratoria nació en una familia minera y carlista de Gallarta. Su formación, marcada por lecturas piadosas y una devoción que casi la lleva al convento, dotó a su posterior discurso político de una épica casi religiosa.
Esa niña que acompañaba a su padre a los mítines tradicionalistas acabó forjando su leyenda en el barro y el carbón. Tras abandonar sus estudios de magisterio por la penuria económica, su matrimonio con Julián Ruiz y su contacto con el marxismo transformaron a la costurera en activista. En 1918, bajo el seudónimo que la acompañaría hasta la tumba, publicó su primer artículo en El Minero Vizcaíno. Había nacido La Pasionaria.
Su ascenso en el PCE fue meteórico, convirtiéndose en la primera mujer en el Comité Central. Pero fue la Segunda República y, sobre todo, la Guerra Civil, lo que la elevó a la categoría de icono internacional. Desde las páginas de Mundo Obrero hasta el estrado del Congreso como diputada por Asturias, su voz se convirtió en el pulmón de la resistencia antifascista.
Su lema, "¡No pasarán!", trascendió las fronteras de Madrid para convertirse en un grito universal. Sin embargo, la derrota trajo consigo el amargo cáliz del exilio. Durante 38 años, desde la URSS, Dolores mantuvo viva la llama del PCE clandestino, primero como Secretaria General y luego como Presidenta, mientras España permanecía sumida en el silencio de la dictadura.
Cuando en mayo de 1977 Dolores aterrizó finalmente en Madrid, España ya no era la misma que dejó en 1939. Su regreso fue un ejercicio de realismo político y reconciliación. Aquella mujer de negro, que volvía a ser elegida diputada por su querida Asturias en las primeras elecciones democráticas, ya no buscaba la revolución, sino la consolidación de una libertad que le había sido esquiva durante media vida.
Su papel en las nuevas Cortes fue más simbólico que ejecutivo, pero su sola presencia en el hemiciclo —aquella misma mujer que había sido vicepresidenta de las Cortes Republicanas en 1937— cerraba un círculo de dolor y exilio.
Legado de una mujer de hierro
Dolores Ibárruri falleció en 1989, pero su figura sigue siendo un punto de referencia para entender el siglo pasado. Más allá de las filias y fobias ideológicas, es innegable que "La Pasionaria" representó la lucha de la mujer por ocupar un espacio en la alta política y la resistencia de un pueblo que se negaba a ser silenciado.
Hoy, al recordar aquel 17 de febrero, no solo recordamos a una dirigente comunista; recordamos el momento en que España decidió que el tiempo de los pasaportes denegados y los exilios forzosos debía terminar para siempre.
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