El miedo como producto político: una trampa que paraliza a la izquierda
Diseccionemos un fenómeno que lleva años instalándose en la política española: el uso sistemático del miedo como herramienta electoral.
Con una tesis clara y contundente: no se puede aspirar a ganar, defender un proyecto de izquierdas y, al mismo tiempo, basarlo en el miedo. Estas tres ideas no pueden sostenerse a la vez.
La advertencia no es banal. El miedo, es una emoción política profundamente conservadora: nos paraliza, nos acurruca y nos empuja a aferrarnos al statu quo. Justo lo contrario de cualquier proyecto transformador.
La extrema derecha lo utiliza para amplificar fantasmas sociales —la amenaza migrante, el adoctrinamiento, la supuesta ruptura territorial—; pero, el PSOE lleva años usando ese mismo mecanismo emocional para garantizar el llamado voto útil en el bloque progresista.
Y aquí aparece el dilema central: cuando un partido que se reclama progresista fundamenta su estrategia en el miedo, lo que está vendiendo no es un horizonte mejor, sino el deseo de que "todo se quede como está".
Esa lógica encaja como anillo al dedo con el proyecto político del PSOE, que se muestra confortable en la continuidad.
Apuntemos además a un fenómeno sociológico clave: el miedo moviliza especialmente a la clase media, ese espacio social que aún tiene algo que perder y teme quedarse sin ello.
Cuando este segmento percibe riesgos —reales o inducidos— vota por quien prometa estabilidad, aunque esa estabilidad sea sinónimo de deterioro progresivo.
El problema, es que mantener el rumbo actual no evitará precisamente que la vida empeore: seguirán subiendo los precios, los alquileres, empeorará la sanidad pública, continuará la inversión militar en detrimento de servicios esenciales y persistirán el racismo y la violencia machista.
Si nada cambia, todos —especialmente los de abajo— seguirán perdiendo.
Quizá la idea más provocadora es la crítica a la estrategia del mal menor. A mi juicio, es precisamente la insistencia en votar por miedo —y no por ilusión o convicción— lo que ha permitido el crecimiento de la extrema derecha, no solo en España, sino también en otros contextos internacionales.
La política del miedo alimenta la resignación; la resignación, la abstención; y la abstención, el avance reaccionario.
Si la izquierda renuncia a plantear un proyecto ambicioso por temor a incomodar o a perder, deja el terreno fértil para quienes sí están dispuestos a ofrecer certezas —aunque sean falsas— a una ciudadanía angustiada.
En consecuencia, el miedo termina siendo un arma de doble filo: protege momentáneamente al bloque progresista pero erosiona su capacidad de transformación.
Una llamada de atención interna. No es solo una crítica al PSOE, sino un aviso para toda la izquierda: no se gana defendiendo que nada cambie. No se moviliza a la mayoría social apelando únicamente a peligros externos, sino ofreciendo la promesa creíble de un mundo mejor.
Porque si la política se convierte en un concurso para ver quién genera menos miedo, la extrema derecha —que domina ese terreno a la perfección— siempre jugará con ventaja.
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