El fuego no nace, se hace (gracias a nuestra inagotable capacidad para mirar hacia otro lado)


Llega el verano y, con él, la entrañable y ya clásica tradición española de encender la televisión para ver media península ardiendo en directo. 

Como un reloj suizo. Y claro, como somos un país de expertos en meteorología exprés y criminología de barra de bar, la culpa siempre es de lo mismo: de la chispa de turno, del típico pirómano suelto o del abuelo que decidió quemar rastrojos en plena ola de calor con alerta roja.

Porque admitir que el problema viene de más lejos requeriría pensar un poquito, y eso cansa.

Menos mal que está la pesada de la ciencia para arruinarnos el verano con datos, estudios y evidencias. Resulta que las llamas no empiezan cuando aparece el primer fuego, sino mucho antes. ¡Sorpresa!

El cóctel perfecto (pero sin alcohol y con mucha brasa)...
El cambio climático no es ese señor lejano del que hablan en los telediarios mientras ponen mapas rojos muy vistosos. Es el arquitecto invisible que se ha encargado de preparar el terreno para que cualquier chispa inofensiva se convierta en una fiesta del desastre en cuestión de minutos.

Temperaturas de horno pizzero: Porque en verano refrescarse ya es de comunistas.

Olas de calor que se solapan: Para que la tierra no tenga tiempo ni de suspirar.

Vegetación crujiente: Lista para arder con solo mirarla mal.

El combo meteorológico ideal: Días de viento y sequedad pensados específicamente para que los bomberos pasen las vacaciones currando 25 horas al día.

La broma es para nota: según la ciencia, los días con riesgo extremo de incendio se han duplicado en el Mediterráneo en las últimas cuatro décadas. ¡Duplicados! 

Pero no pasa nada, seguro que es una coincidencia cósmica. Además, más de la mitad de los grandes incendios recientes en la Península Ibérica se propagan ahora a una velocidad que ya la querrían los trenes de alta velocidad.

Desenmascarando al pirómano invisible...
Ojo, que nadie dice que el cambio climático vaya por los montes con una caja de cerillas cerillas en la mano. La inmensa mayoría de los fuegos siguen teniendo detrás la brillante cabecita humana o casualidades de la vida.

Lo divertido —por no llorar— es que el escenario ha cambiado por completo. Antes, una chispa caía y a lo sumo quemaba un par de matas de tomillo antes de que alguien la pisara. Hoy, esa misma chispa aterriza en un paisaje que parece sacado de una película postapocalíptica: seco, caliente y deseando arder hasta los cimientos.

Pero oye, sigamos debatiendo si las negligencias individuales son el único problema mientras los bosques se nos convierten en ceniceros gigantes. 

Seguro que si cruzamos los dedos con suficiente fuerza, el año que viene hace fresco y llueve en agosto.

¿Crees que en España estamos preparados para convivir con incendios cada vez más extremos? (Spoiler: no).

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