El espejismo de la neutralidad: por qué el silencio es un lujo que no tienes

Existe una frase que circula por las redes y las paredes de nuestras ciudades como un mantra de falsa paz: "Yo prefiero no meterme, soy neutral". Suena sensato, ¿verdad? Suena a moderación, a equilibrio, a una madurez casi zen. Pero bajemos a la tierra: la neutralidad es el lujo de quien no tiene nada que perder.

Si tu salario llega justo a fin de mes, si el precio del alquiler te expulsa de tu barrio o si ves cómo los derechos que tus abuelos sudaron se diluyen en una app, tú no puedes permitirte el lujo de ser neutral. Porque mientras tú mantienes las manos limpias y la boca cerrada, la realidad sigue operando. Y no opera precisamente a tu favor.

Mientras tú dudas sobre si "posicionarte" es de mal gusto, otros no dudan:
Mientras callas, los servicios públicos se gestionan como negocios.

Mientras te distraen con el último escándalo vacío, se firman leyes que hipotecan tu futuro.

Mientras dudas, la especulación inmobiliaria decide dónde vas a vivir (o dónde no).

La neutralidad no detiene el golpe; simplemente le da permiso al que golpea para seguir haciéndolo sin interrupciones. Creer que no participar te mantiene a salvo es como pensar que, por no mirar el marcador, el partido no está ocurriendo.

Hay una pintada que se ha vuelto viral en los muros de nuestros barrios: "Date cuenta, primo, eres clase obrera".
No es una consigna de un partido rancio ni un eslogan publicitario. Es una sacudida. Es el recordatorio de que la "clase media" fue, en muchos casos, un invento de marketing para que dejáramos de sentirnos parte de un colectivo. Nos maquillaron la realidad con créditos fáciles y pantallas de última generación, pero la estructura sigue siendo la misma.

Si dependes de una nómina para sobrevivir, si tu ausencia en el trabajo significa un desastre en tu cuenta bancaria, la lucha de clases no ha desaparecido: simplemente se ha vuelto más sutil, más estética.

Cuando entiendes que no eres neutral porque no puedes serlo, todo cambia.

Dejas de ver la política como un ruido molesto y empiezas a verla como la mesa donde se reparte tu pan.

Dejas de ver el éxito ajeno como un mérito individual y empiezas a cuestionar las reglas del juego.

Dejas de sentirte un "consumidor" para volver a sentirte un sujeto con derechos.

Asumir tu posición no es buscar el conflicto por el conflicto; es honestidad intelectual. Es reconocer que tienes intereses, que tienes un bando (el de los que trabajan, el de los que alquilan, el de los que cuidan) y que proteger esos intereses requiere, inevitablemente, dejar de ser neutral.

La neutralidad es, en última instancia, el silencio que los que deciden por ti necesitan para seguir decidiendo sin que les molestes.

Deja de ser el espectador de tu propia precariedad. 

Date cuenta.

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