El eco de los años treinta: ¿estamos repitiendo la historia?
La frase atribuida a Mark Twain, "la historia no se repite, pero rima", nunca ha sonado tan vibrante y peligrosa como hoy.
Al analizar la fragilidad de las democracias, es imposible no sentir un escalofrío de déjà vu.
Transportemonos a los años veinte y treinta del siglo pasado para recordarnos que el caos global no suele ser un accidente, sino el resultado de la erosión de las certezas y el ascenso de líderes que desprecian el orden internacional.
Un punto crítico: la permisividad de las potencias democráticas. En el siglo XX, esa pasividad fue la "ventana de oportunidad" que Hitler aprovechó para transformar una Alemania debilitada en una maquinaria de guerra.
Hoy, la "rima" se manifiesta en figuras como Putin, Netanyahu y Trump. Estos líderes no buscan diplomacia ni consensos; buscan objetivos unilaterales, a menudo al margen del derecho internacional, aprovechando que las democracias modernas parecen haber perdido su brújula moral y su capacidad de reacción.
Lo más preocupante de este análisis es la vigencia del culto a la personalidad. Al igual que en los años treinta, una parte sustancial de la población actual parece dispuesta a entregar su libertad a cambio de una falsa sensación de seguridad frente al desorden.
En este escenario:
La propaganda y el miedo sustituyen al debate de ideas.
La ciencia y la educación pierden terreno frente al dogma político.
Las víctimas (mujeres y niños en Gaza, Ucrania o bajo ocupaciones) se convierten en simples estadísticas en un juego de poder.
Hagamos una llamada de atención sobre cómo se ha roto la primacía de la política.
Cuando las armas sustituyen a la diplomacia y los líderes prefieren "vasallos" en lugar de estadistas, nos acercamos peligrosamente a ese escenario de gran guerra que creíamos superado.
La historia nos está gritando.
La pregunta no es si la historia está rimando, sino si seremos capaces de cambiar la estrofa antes de que el poema termine, de nuevo, en tragedia.
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