El agua entre las manos y el derecho a bajarse de la rueda

Hay imágenes y lecturas que funcionan como un detonante, un espejo implacable que te obliga a mirarte por dentro. 

Observando la cubierta de "Deséenme un buen viaje", el libro de Gina Montaner que encabeza esta entrada, me he descubierto rumiando sobre un concepto que a menudo esquivamos: la profunda importancia de dejar de vivir de la forma en que uno lo ha hecho hasta ahora. Y, entroncado inevitablemente con ello, el derecho a decidir. 

El derecho inalienable a determinar cuándo se ha llegado a esa fase en la que la vida, sencillamente, ya no merece la pena ser transitada.

Cuando hablamos de este límite, el imaginario colectivo suele irse directamente al diagnóstico de una enfermedad terminal fulminante. 

Pero la realidad es a menudo más silenciosa. 

Hablo de esa otra degeneración —ya sea por una dolencia crónica, por el desgaste incesante o por un cúmulo de situaciones vitales— que hace que sientas cómo la vida que una vez construiste y disfrutaste se te escapa entre las manos como el agua.

Llega un punto de lucidez fría en el que eres plenamente consciente de que ya no puedes seguir el ritmo de los demás. 

Es como ir perdiendo cadencia mientras el resto del mundo sigue pedaleando a toda velocidad, sin mirar atrás. 

Y esa consciencia rompe un equilibrio interno que es fundamental; quiebra de forma irreparable el compromiso para mantener ese ánimo mínimo indispensable, las ganas necesarias para querer seguir transitando los días.

Sé que, desde la comodidad de la barrera, habrá quien ponga etiquetas rápidas. 

Quien analice este cansancio profundo y piense que se trata de una depresión de manual. 

Pero se equivocan. Es, más bien, una ansiedad asfixiante. 

La ansiedad que nace de no encontrar una luz, de carecer de un punto de apoyo y de una mirada de comprensión genuina que entienda algo tan humano como el agotamiento: que el hámster que uno es, ese que lleva años dando vueltas y vueltas en la rueda exactamente igual que todos los demás a su alrededor, quizás, simplemente quiera bajarse y abandonar la carrera.

Y en medio de ese ruido ensordecedor, en esa búsqueda desesperada por anestesiar el vacío, aparecen las vías de escape. 

Los atracones de galletas, de helados, de cualquier producto que sirva de bálsamo temporal. Actos impulsivos que logran que, por un instante fugaz, te dejen de doler el cuerpo y el alma. 

Son puros momentos de ansiedad buscando un refugio tramposo. Una trampa cruel porque, a la mañana siguiente, la luz del día te devuelve la lucidez exacta para hacerte dolorosamente consciente del endiablado círculo vicioso en el que la vida te tiene atrapado.

Es la paradoja más dura de afrontar. 

De nada sirve mirarse al espejo y ver un chasis fuerte, o sentir que físicamente estás más sano que nunca, si la realidad, esa que solo tú conoces cuando se apagan las luces, es que estás más deteriorado que nunca por dentro.

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