Primera clase, gaviotas y existencialismo Low‑Cost: un análisis aarcástico del poema de un pasajero en tránsito
Hay obras que nacen del dolor, otras del amor, y después está Pasajero en tránsito en Santo Domingo, ese poema en que Ernesto Cardenal —sí, el mismo que predicaba sobre el ascetismo y la pobreza— se enfrenta a su mayor tormento existencial: viajar en Primera Clase.
Porque, claro, nada dice drama poético como abandonar el “salón de cristal del aeropuerto” para subir al avión de Iberia. ¡A ese nivel de tragedia solo llegó Sófocles cuando Edipo descubrió lo suyo!
El poema se abre con lo que podríamos considerar un fenómeno rarísimo: una gaviota en Santo Domingo. Impactante. Cardenal ve pasar el ave y automáticamente se activa la fibra lírica: el mar está cerca, la lluvia viene, y, lo más importante, él no está donde quiere estar: tirado en la arena con chancho frito.
Pero el destino —y el pase de tránsito— lo obligan a subir al avión. Y aquí viene quizá la denuncia social más profunda del poema: la champaña que sirven en Primera Clase tiene “color de orines y sabor a espuma de jabón”. Un crítico diría que esta comparación es audaz, que el poeta denuncia así los excesos capitalistas. Yo digo: nada indigna más que pagar un billete premium y que te den champaña del infierno.
Mientras la aeronave se traga al poeta, él fantasea con una ensenada paradisíaca: cocoteros, agua tibia, yuca, chancho frito, el poeta Silva (que nadie sabe si quiso estar ahí) y un ron que probablemente también hubiese comparado con productos de limpieza.
Es un cuadro tropical digno de postal… o de un folleto turístico que te dan justo antes de avisarte que tu vuelo se retrasó tres horas.
Lo curioso es que Cardenal confiesa que ese lugar, ese edén caribeño, nunca lo vio. Ni falta que hace: ya existe completo en su imaginación, y es mejor que estar camino a una reunión de ministros de Cultura, donde la champaña seguro no mejora.
Lo que hace grande este poema —además de lo pintoresco del champán jabonoso— es que captura un sentimiento universal: ese instante en que estás metido en una obligación burocrática, vestido para impresionar, atrapado en un espacio cerrado… y todo tu ser quiere estar con ropa cómoda comiendo fritanga.
Cardenal, con su misticismo habitual, simplemente lo lleva al plano de la poesía. Pero lo que realmente grita el poema no es espiritualidad: es la profunda tragedia de no poder bajarse del avión para perseguir a la gaviota hacia la playa.
Al final, Pasajero en tránsito en Santo Domingo no es solo un poema. Es una advertencia: si la champaña de Primera te sabe a detergente, quizá lo que necesitas no es un upgrade, sino unas vacaciones.
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