Ley n.º 20: el arte de no hacer nada (y llamarlo virtud)
Por: Un ciudadano que espera sentado (por prudencia)...
Justo cuando pensábamos que el liderazgo moderno consistía en tomar decisiones audaces, resolver crisis mundiales o, al menos, responder un correo electrónico a tiempo, aparece la Ley n.º 20 para devolvernos a la reconfortante mediocridad: "La prudencia es la mayor virtud del gobernante".
¡Qué alivio! Finalmente, alguien le pone nombre oficial a esa técnica milenaria de nuestros líderes que consiste en mirar hacia otro lado mientras el barco se hunde, no sea que al intentar tapar el agujero se despeinen.
Históricamente, la prudencia era discernir el bien del mal. En el diccionario político actual, la prudencia es el sinónimo elegante de "esperar a que el problema se solucione solo o que la gente se olvide de él".
¿Hay una crisis económica galopante? Un gobernante "virtuoso" no baja impuestos ni inyecta capital de forma impulsiva. No, señor. Aplica la Ley n.º 20: observa cómo sube el pan con la parsimonia de quien mira un atardecer en la Toscana, esperando que las leyes de la física —o un milagro— intervengan. Eso no es indecisión, amigos, es extrema virtud.
Adoptar esta ley ofrece beneficios incalculables para cualquier aspirante a sillón presidencial:
Riesgo Cero de Error: es imposible equivocarse si nunca se toma una decisión. El gobernante prudente es como el portero de fútbol que nunca encaja goles porque nunca sale al campo.
Discurso Infinito: la prudencia permite frases maravillosas como "estamos analizando la situación", "necesitamos más informes" o el clásico "no es el momento oportuno". La prudencia convierte el calendario en un eterno "mañana".
Longevidad Política: nada desgasta más que actuar. Al no hacer nada, el gobernante prudente se mantiene fresco, sin rozaduras, como un mueble de exposición que nadie se atreve a usar por miedo a que se rompa.
El problema de elevar la prudencia a "la mayor virtud" es que corremos el riesgo de confundir a un estadista con una estatua de mármol. Ambos comparten la misma capacidad de respuesta ante una emergencia, pero la estatua, al menos, no cobra dietas por transporte.
Si un incendio acecha la ciudad, el gobernante prudente no enviará a los bomberos de inmediato. Primero formará un comité de expertos para evaluar si el agua está demasiado fría, analizará si el fuego tiene sentimientos y, finalmente, emitirá un comunicado recomendando a los ciudadanos que no se quemen.
La Ley n.º 20 es, en definitiva, el manual de instrucciones para el liderazgo invisible. Es la invitación formal a que nuestros gobernantes sigan siendo expertos en el arte de la contemplación.
Así que, la próxima vez que sientas que tu representante no está haciendo absolutamente nada frente a un problema obvio, no te indignes. No es negligencia, no es falta de ganas, ni mucho menos falta de capacidad. Es que son terriblemente virtuosos. Tan virtuosos, que su prudencia casi parece inexistente.
¡Que viva la Ley n.º 20, y que el último en tomar una decisión apague la luz... si le parece prudente, claro!
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