La trampa del hábito: cuando el dolor ajeno se vuelve paisaje
Vivimos en la era de la sobreexposición. Cada mañana, al deslizar la pantalla de nuestro teléfono, desfilan ante nosotros guerras en directo, crisis migratorias y cifras de pobreza extrema. Sin embargo, como bien advertía Luis Espinal, hemos desarrollado un mecanismo de defensa tan eficaz como peligroso: nos hemos acostumbrado.
La "limadura" de la realidad
Espinal utiliza una metáfora brillante al decir que "limamos las aristas de la realidad para que no nos hiera". Es un proceso de anestesia social.
Para poder seguir desayunando con tranquilidad, nuestra mente suaviza la tragedia: convertimos a las personas en estadísticas y al sufrimiento en "noticia de ayer". El problema es que, al dejar de sentir dolor por el otro, perdemos nuestra propia humanidad.
La indiferencia no es un estado neutral; es una forma de participación silenciosa. Cuando dejamos de indignarnos ante las "villas miseria" o la explotación moderna, estamos aceptando un mundo donde el valor de una vida depende de su código postal. La "sensibilidad cauterizada" de la que habla el texto es la gran enfermedad del siglo XXI: vemos, pero no miramos; oímos, pero no escuchamos.
A menudo se nos enseña que la ira es una emoción negativa. No obstante, el autor nos recuerda que existe una "ira santa", una que nace del amor y la justicia. No es la ira que destruye, sino la que impulsa a la actuación.
Recuperar la capacidad de asombro y de sublevación es un acto de resistencia.
Significa negarse a aceptar que "las cosas siempre han sido así" y atreverse a romper las coordenadas de lo previsible.
No acostumbrarse no es una tarea fácil. Requiere la valentía de mantener las heridas abiertas frente a la injusticia. Pero es el único camino para construir una sociedad que sea, de verdad, humana.
En un mundo que nos invita a la desconexión emocional para sobrevivir, el acto más revolucionario que podemos realizar hoy es, simplemente, negaros a ser indiferentes.
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