La miopía del alma: cuando el problema pesa más que el milagro

El ser humano tiene una capacidad asombrosa para el olvido selectivo. No me refiero a olvidar las llaves o un cumpleaños, sino a esa amnesia espiritual que nos asalta en medio de la tormenta. El pasaje de Marcos nos pone un espejo frente a la cara: los discípulos, en una barca, discuten porque solo tienen un pan.

Es fascinante y, a la vez, frustrante. Acababan de presenciar la alimentación de cinco mil y cuatro mil personas con apenas nada. Tenían la evidencia fresca, las manos aún debían oler a pan multiplicado, y sin embargo, el rugido de sus propios estómagos —o el miedo a la carencia— fue más fuerte que su memoria.

Jesús les advierte sobre la "levadura de los fariseos y de Herodes". En este contexto, la levadura no es solo una metáfora religiosa; es esa actitud de desconfianza, autosuficiencia y cerrazón mental que "infla" nuestras preocupaciones hasta que ocupan todo nuestro campo de visión.

Cuando permitimos que la "levadura" del miedo penetre en nuestro juicio, ocurre lo que describe el texto:
Corazón embotado: perdemos la capacidad de asombro.
Ojos que no ven: miramos el problema, pero no la solución que camina a nuestro lado.
Oídos que no oyen: el ruido de nuestra queja silencia la voz de la experiencia previa.

Vivimos "ahogándonos en un vaso de agua" (o en este caso, en una barca con un solo pan) a pesar de que nuestra historia personal está llena de momentos donde, de una forma u otra, salimos adelante.

Dudar de la acción de Dios —o de nuestra propia resiliencia y de los recursos que ya tenemos— es el verdadero síntoma de una sociedad ansiosa. Nos falta el pan de la confianza. Estamos tan obsesionados con la escasez del mañana que somos incapaces de disfrutar la abundancia (o la suficiencia) del hoy.

La pregunta final de Jesús, «¿Y no acabáis de comprender?», no es un regaño, sino una invitación a la lógica. Si ayer hubo suficiente, ¿por qué hoy no habría de haberlo? La solución, como bien dice la oración al pie de la página, a menudo está al lado nuestro, pero estamos demasiado distraídos contando las migajas que nos faltan como para levantar la mirada.

Quizás el ejercicio no sea pedir más "pan", sino pedir una mejor memoria para recordar todas las veces que la cesta terminó llena.

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