La manzana mordida y la sociedad que se atragantó con su propia moral
Hoy, 7 de junio, es uno de esos días en los que la historia se pone en plan irónica.
Me he topado con la efeméride de la muerte de Alan Turing, el tipo que básicamente inventó el futuro de la tecnología mientras nosotros aún estábamos aprendiendo a pintar en las paredes de las cuevas.
La narrativa es de libro: un genio absoluto que descifra las comunicaciones nazis, diseña la máquina Bombe, rompe el código Enigma y, con ello, salva millones de vidas. Un héroe de manual, ¿verdad? Pues no. Porque para la sociedad "civilizada" de 1954, todo ese currículum épico pesaba menos que su obsesión por controlar la bragueta ajena.
Es fascinante —y por fascinante me refiero a que dan ganas de mandarlo todo al garete— que el premio que recibió por ganar una guerra mundial fuera la persecución sistemática por su homosexualidad. Qué gran despliegue de valores. Salvar el mundo está muy bien, pero si no encajas en la cuadrícula moral del momento, ya te puedes ir preparando para ser criminalizado.
Ahí estaba él, el "padre de la computación moderna", encontrado sin vida junto a una manzana mordida. Una metáfora visual demasiado potente para un final tan triste. Parece que, al final, la humanidad siempre encuentra la forma de escupir en el plato —o en la manzana— del que le da de comer, o en este caso, del que le salvó el pescuezo.
En fin, seguimos celebrando aniversarios de genios incomprendidos, mientras nos preguntamos qué nueva estupidez colectiva estaremos cometiendo hoy, sin darnos cuenta de que, en el fondo, no hemos avanzado tanto desde 1954.
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