Granada, ciudad cerrada… pero con visita guiada al apocalipsis
Si alguien pensaba que Granada era solo una postal de la Alhambra al atardecer y tapas gratis en los bares, es evidente que no ha viajado con Luis García Montero.
Porque, según el poema Aventura en la ciudad cerrada, la ciudad no es solo un destino turístico: es prácticamente un escape room existencial con muertos de bienvenida. Y todo, además, envuelto en un aire romántico que haría que incluso el propio cupido pidiera una excedencia.
El poema comienza con una invitación amorosa que, siendo sinceros, suena más a oferta de viaje por sorpresa, pero de esas que terminas en un aeropuerto soviético de 1972 preguntándote dónde salió mal la vida. “Ven”, dice el poeta, como quien abre la puerta para mostrarte el salón recién decorado, salvo que lo que te ofrece no es Ikea sino “la ciudad llena de muerte”. Muy sugerente. Ideal para panfletos de turismo, desde luego.
A medida que avanzamos, Granada se convierte en un parque temático del delito: luces escondidas, paisajes para el crimen, estatuas que te miran como si supieran algo que tú no. Básicamente, la versión poética de caminar por una calle mal iluminada mientras te preguntas si habrás pagado el seguro de vida. Pero todo eso dicho con lirismo, que siempre suaviza.
Es el equivalente literario a poner música clásica mientras se incendia el edificio.
Y luego están los laberintos azules. Porque si vas a huir, que sea con estilo. Nada de calles normales: aquí las persecuciones parecen diseñadas por un decorador de interiores con un diploma en metafísica. Todo para recordarnos que amar en Granada, según Montero, es como jugar al escondite con la muerte… pero versión premium, con fuentes exactas y fronteras que se cierran. Muy práctico para los zombies, muy incómodo para el resto.
El poema avanza y la cosa no mejora. La ciudad entera parece haber decidido especializarse en “temática mortuoria avanzada”. A estas alturas, uno ya se pregunta si el poeta está describiendo una urbe real o el plano urbanístico de The Walking Dead: Edición Romántica. Porque aquí todo termina en muerte: las aceras, los portales, las águilas que acechan. Sinceramente, las agencias inmobiliarias deberían tomar nota: “Piso luminoso, tercera planta, ascensor, muerte acechando bajo águilas. Comunidad tranquila”.
Y cuando finalmente parece que vamos a tomar aire, vuelve el tono amoroso. Que menos, ya que a estas alturas el lector ha recorrido medio catálogo de catástrofes emocionales.
Porque sí: al final, la ciudad no era solo un cementerio poético, sino también un lugar para llorar cadáveres con ternura. Una especie de spa emocional para parejas al borde del colapso existencial.
En resumen: García Montero ha logrado transformar Granada —ciudad de verano, estudiantes Erasmus y agua fresca de la Alhambra— en un thriller sentimental donde crimen y caricia se dan la mano. El poema es bello, sí, pero también es la demostración perfecta de que el romanticismo, cuando se deja solo, acaba montando una película noir consigo mismo.
Así que, lector, si alguna vez visitas esta Granada poética, recuerda: lleva un mapa, una linterna y quizá un terapeuta. Porque en la ciudad cerrada, el amor será muy intenso, pero la muerte tiene horario de 24 horas.
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