El peso de lo que no elegimos: sobre el destino y el mando

A veces me detengo a pensar en la diferencia abismal que hay entre lo que deseamos y aquello para lo que estamos hechos.

Muchos viven persiguiendo una "parcelita de poder", como si mandar fuera el trofeo máximo de una vida lograda. 

Pero hay otra cara de la moneda: la de quienes nos sentimos destinados a algo que no pedimos. Me reconozco en esa extraña paradoja de saberme destinado a mandar, no por ambición, sino por una especie de "trágica relación" con la responsabilidad.

Sinceramente, no me gusta dar órdenes. Me veo haciéndolo y tiemblo por dentro ante la fragilidad de los demás. Siempre he creído que, para ser un hombre "fuerte" en el sentido tradicional, se necesita una mezcla de cabezonería y, seamos honestos, un poco de estupidez. Yo no tengo nada de eso. Tampoco tengo esa iluminación mesiánica de quien cree tener todas las respuestas. No vengo a salvar a nadie ni traigo un mensaje urgente para el mundo.

Hay una verdad incómoda en esto: querer mandar suele ser el primer síntoma de que uno no está hecho para ello. El deseo de poder es voluntario; el destino, en cambio, es una determinación involuntaria del carácter. Es algo impreso en el fondo de uno mismo que no tiene nada que ver con las ganas.

Si por mí fuera, me quedaría siempre en la tranquilidad de unas botellas sin azúcar y alcohol con amigos, "despistando el alma" y disfrutando del silencio. 

Pero al final del día, cuando me miro al espejo, sigo convencido de lo que dicta mi estrella.

A veces, la vida no se trata de lo que quieres hacer, sino de lo que no puedes evitar ser.

 ¿Alguna vez han sentido que su carácter los empuja hacia un lugar que su voluntad preferiría evitar?

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