El novio de la muerte en la calle larios: el desfile de la amnesia selectiva
Cada Semana Santa, Málaga se detiene para asistir a una performance que rinde cuentas con todo, menos con la historia real.
El desembarco de la Legión no es solo un evento religioso o castrense; es una operación de marketing metafísico donde el polvo del Rif se transforma en purpurina de incienso y la brutalidad colonial se camufla tras un desfile de barbillas altas y pasos a 160 por minuto.
El espectáculo es hipnótico, hay que reconocerlo. Miles de personas se agolpan para ver a hombres que parecen haber sido esculpidos en una cantera de testosterona, portando al Cristo de la Buena Muerte como si fuera el último trofeo de un mundial de CrossFit espiritual.
Es una liturgia de la hipérbole:
La estética: Camisas abiertas hasta el esternón (porque el fervor religioso, al parecer, necesita ventilación pectoral) y una mirada perdida en un horizonte de gloria que nadie sabe muy bien dónde queda.
La mística: Se nos vende una "reinvención tradicional" donde el legionario es un monje-guerrero idealizado, un ser de luz que solo conoce el sacrificio. Se omite, convenientemente, que esa mística se forjó en las carnicerías de una guerra colonial donde la "nobleza" brillaba por su ausencia.
El momento cumbre llega con "El Novio de la Muerte". La masa brama la letra con una emoción que roza el paroxismo. Es curioso cómo una canción que originalmente era un cuplé de variedades se ha convertido en el himno nacional oficioso de la nostalgia marcial.
"Soy un hombre a quien la suerte hirió con zarpa de fiera..."
Bajo esta lírica de manual de autoayuda para nihilistas, se esconde una apología de la violencia que hoy llamaríamos "tóxica" en cualquier otro contexto, pero que en Málaga, con el acompañamiento de una banda de cornetas, pasa por ser la esencia misma de la entrega.
Es la glorificación de una masculinidad que solo se valida a través de la herida y el fusil, una construcción de género que huele a rancio pero que se sirve con una guarnición de claveles.
Lo más fascinante de la ceremonia es su capacidad para borrar el pasado mientras apela a él. Se invoca la "tradición", pero se aplica un filtro de Instagram a la participación de la Legión en la Guerra Civil y en las campañas africanas.
Se celebra el valor, pero se oculta:
La brutalidad sistemática: la realidad de una unidad diseñada para el choque más crudo, cuya historia está manchada de episodios que no encajarían en un folleto turístico de la Costa del Sol.
El culto a la personalidad: esa herencia de Millán-Astray que sigue palpitando bajo el barniz de la fe cristiana, una amalgama extraña donde el "¡Viva la muerte!" se da la mano con el mensaje de paz del Evangelio sin que a nadie le explote la cabeza por la contradicción.
Conclusión: un parque temático de la Identidad
Málaga se convierte, por unas horas, en un escenario donde la realidad histórica es sacrificada en el altar de la estética. El desembarco es el triunfo de la forma sobre el fondo: si el desfile es rítmico, si los uniformes están planchados y si el Cristo es bonito, lo de menos es qué hizo esa unidad en el pasado o qué valores reales representa hoy.
Al final, lo que queda es una ciudad entregada a una catarsis colectiva de amnesia voluntaria, donde el aplauso tapa el eco de los disparos de antaño y la devoción religiosa sirve de coartada perfecta para que el militarismo más rancio siga paseándose, triunfal y bronceado, por el centro de la ciudad.
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