El milagro del papa de Roma y de la multiplicación... del látex

Parece que la visita de Su Santidad el Papa a nuestra querida Comunidad de Madrid ha obrado un milagro sin precedentes, aunque quizá no sea del tipo que el Vaticano esté dispuesto a canonizar. 

Según recogen algunos medios de comunicación, durante este fin de semana tan pío y de recogimiento espiritual, las ventas de preservativos en Madrid se han quintuplicado. 

Sí, han leído bien.

Multiplicadas por cinco respecto a cualquier otro fin de semana ordinario y pecador. 

Aleluya.

Uno no puede evitar maravillarse ante la ferviente devoción de los miles de feligreses y personas cercanísimas a la espiritualidad cristiana que han abarrotado nuestras calles. 

Una devoción que, por lo visto, no solo eleva el espíritu, sino que despierta unos instintos tan terrenales que las farmacias han estado haciendo caja como si no hubiera un mañana.

Resulta francamente fascinante observar esta monumental contradicción. 

Porque, si la memoria no me falla (y el catecismo tampoco), la Santa Madre Iglesia establece, con meridiana claridad y desde hace siglos, que el sexo tiene un único y exclusivo fin: la procreación. 

Nada de gozo lúdico, nada de lujuria desmedida, y, por supuesto, absolutamente nada de ponerle barreras de látex a la semilla divina.

Entonces, ¿para qué tanto condón repentino? 

¿Acaso los feligreses más devotos los están comprando al por mayor para inflarlos y hacer globoflexia en las misas multitudinarias? 

¿O tal vez los usan para proteger sus teléfonos móviles de una posible lluvia durante la vigilia?

Permítanme que lo dude. 

Esta desorbitada explosión de ventas nos obliga a arquear una ceja sobre la doble moral de quienes más cerca dicen estar del altar. 

Nos hace cuestionarnos esa cristiandad de escaparate y esa sexualidad sin límites —heterosexual u homosexual, que con la llegada de las sotanas y los peregrinos parece que hay amor para repartir en todas direcciones— que se desata precisamente cuando el líder del celibato pisa la ciudad.

Es la hipocresía elevada a la categoría de arte divino. 

El clásico y eterno "Haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago", en su versión especial de fin de semana papal.

En fin, supongo que el fervor religioso calienta el alma, pero la estadística nos demuestra que también calienta otras partes del cuerpo que requieren una protección urgente. 

Que el Señor les pille confesados... y protegidos.Benditos sean.

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