El hombre que hablaba demasiado (y no decía nada)

Ah, Imma Monsó. 

La reina de diseccionar lo cotidiano hasta que nos sangran los ojos de tanto parpadeo reflexivo. Aquí nos presenta Un hombre de palabra, una joya que, si juzgamos por su portada —un azul melancólico, un lago, un niño y un señor agachado—, promete ser el equivalente literario a mirar cómo se seca la pintura en una pared de una galería de arte contemporáneo: profundo, estático y ligeramente irritante.

El título ya nos hace un spoiler emocional. Un hombre "de palabra". En un mundo donde todos mienten por WhatsApp, Monsó decide rescatar la figura del hombre íntegro. ¡Qué original! Es ese tipo de literatura que se regocija en la introspección mínima, donde el gran conflicto dramático del capítulo cuatro es si el protagonista se toma el café con leche desnatada o prefiere enfrentarse al abismo existencial de la lactosa entera.

El ritmo vertiginoso: Si buscas acción, mejor lee las instrucciones de un champú. Aquí el ritmo es el de una tortuga con crisis existencial cruzando una autopista de metáforas.
La edición de Alfaguara: Siempre tan sobria, tan "somos cultura de verdad". La portada grita: "Cómprame para que tus visitas piensen que eres alguien sensible que reflexiona sobre la paternidad y el paso del tiempo mientras bebes un vino tinto de 4 euros".
La prosa quirúrgica: Monsó tiene esa manía de analizar cada micro-gesto. ¿Que el tipo se rascó la oreja? Prepárate para tres páginas sobre la herencia genética de la picazón y el silencio ensordecedor de los cartílagos.

Un hombre de palabra es el libro ideal para llevar en el metro si quieres que nadie te hable. Es una obra que se siente como un abrazo de un tío lejano que huele a naftalina y te cuenta la misma anécdota sobre "los valores de antes".
Si lo que buscas es una lectura que te deje exactamente igual que como empezaste, pero con la sensación de que has cumplido tu cuota de "intelectualidad del mes", este es tu libro. Monsó escribe bien, sí, tan bien que a veces olvida que los lectores también tenemos pulso y, ocasionalmente, ganas de que pase algo.

No apto para personas con alergia a la nostalgia o con un tiempo de atención superior al de un video de TikTok.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Valentín González Prieto: hoy, en la supraconciencia, vuelve a cumplir años

Trazado arquitectónico para un campesino en el Oriente Eterno: el taller resiste, pero mis columnas se oxidan, Valen.

La invisibilidad de mi lucha. Más allá del "yo te veo muy bien".