El espíritu sindical internacionalista de Vistalegre: grandes voces, épica sindical y el reto de la negociación
Hay que reconocer que el Palacio de Vistalegre tiene una acústica fantástica para el misticismo político.
Ayer, las gradas han vuelto a recuperar ese famoso "espíritu de Vistalegre" que en su día inauguró José Luis Rodríguez Zapatero a base de talante, que más tarde copió Podemos para televisar sus asambleas fratricidas y que, en un giro dantesco de los acontecimientos, acabó pervirtiendo el partido de la ultraderecha fascista de Vox.
Ayer, sin embargo, el recinto se tiñio de rojo sindical con la cumbre conjunta de UGT, Comisiones Obreras y la Confederación Europea de Sindicatos (CES), arropados por multitud de líderes de ramas de producción a nivel nacional y europeo.
Y vaya si ha habido espectáculo.... Hay que hacer una mención muy especial a la impecable organización del evento, un mérito que en mi opinión recae enteramente sobre los hombros del compañero Jesús Gallego, el máximo líder internacionalista que tenemos en la Unión General de Trabajadoras y Trabajadores. Su incansable labor sirvió de andamiaje perfecto para momentos de pura emoción, como los que nos regaló la maravillosa voz reivindicativa de la cantante Marisa Valle Roso. Escucharla cantar con el corazón en la boca y con el corazón en un puño fue uno de esos instantes que erizan la piel y preparan el terreno para el plato fuerte de la jornada.
Tras la música, llegó el guion, previsible pero contundente: mucha reivindicación a la lucha, llamadas heroicas a tomar las calles y una defensa cerrada de los maltrechos servicios públicos. Sanidad, transporte y educación pública han sido los grandes tótems, exigiendo blindarlos tanto en la Unión Europea como en España.
Particularmente inspiradores —y permítanme que afile aquí de nuevo el sarcasmo— han sido los discursos de Pepe Álvarez y de la secretaria general de la CES, Esther Lynch. Han conjugado el verbo "luchar" en todos los tiempos y modos del castellano. La teoría que han expuesto es, sencillamente, brillante. Uno cerraba los ojos en el pabellón y casi sentía que el capital europeo estaba pidiendo clemencia ante semejante despliegue de decibelios.
El pequeño detalle sin importancia es lo que ocurre cuando se apagan los focos y se acallan los ecos de esas grandes voces.
Porque de la garganta al BOE (o al acta de acuerdos) hay un abismo de ineficiencia alarmante. Toda esa épica discursiva y esa solidaridad inquebrantable de atril necesita urgentemente trasladarse a la práctica.
De poco nos sirve rugir en un mitin multitudinario si luego, cuando toca bajar al barro y sentarse en las trincheras de la negociación colectiva —ya sea en la discreta mesa de una empresa, en la redacción de un gran convenio sectorial, o en los despachos políticos de los ministerios y las Comunidades Autónomas— el volumen de las exigencias se baja al mínimo y la firma se estampa con un exceso de docilidad.
Llenarse la boca gritando desde un escenario iluminado que "la calle es nuestra" queda fenomenal en el corte de los informativos, pero la dura realidad es que la calle hay que retomarla. Y no se retoma solo con eventos fantásticamente organizados, sino con movilizaciones reales, palpables y sostenidas.
Nuestra Constitución manda a los sindicatos de clase un papel que trasciende con mucho el mero ámbito de las relaciones laborales estrictas. Tienen el deber y la legitimidad de influir y dar la batalla en todo tipo de políticas transversales. Y para eso hace falta menos moqueta y más asfalto.
Y para ponerle la guinda a este pastel, el colofón. Un cierre que a muchos de los asistentes nos dejó, francamente, rascándonos la cabeza: la elección de la ministra Yolanda Díaz como cabeza de cartel para clausurar el acto.
Sí, es cierto que ha conseguido algunas cosas bajo su mandato, no seremos necios en negarlo, pero son logros que seguramente habrían sido muchísimo más contundentes y rápidos de amarrar si no se hubiera empeñado en buscar esos consensos infinitos y extremos que parecen ser su única religión.
Porque a día de ayer, invitarla a cerrar un evento de esta envergadura carece de todo sentido. Hablamos de una figura política que es, a efectos prácticos, una luz apagada; alguien a quien ni siquiera su propio invento político, Sumar, le ha ofrecido continuar siendo la máxima dirigente.
Si el objetivo del cierre era aportar algo de luz sobre la tan ansiada y deseada unión de las izquierdas más allá de la órbita del PSOE, hubiera sido infinitamente más interesante —y desde luego menos descafeinado— que hubiera participado alguien como Gabriel Rufián, por ejemplo.
Ha estado muy bien el acto, de verdad.
Ha sido una inyección de moral fabulosa para las bases, con una banda sonora inmejorable y una organización de primera. Ahora, a ver si somos capaces de aplicar la misma contundencia y ferocidad organizativa en las mesas de negociación que frente a los micrófonos.
Que de aplausos históricos y canciones a flor de piel, lamentablemente, la clase obrera no llena la nevera.
Comentarios
Publicar un comentario