El espía que vino del Ministerio (y no sabía cómo salir)

Es fascinante cómo funciona el mercado editorial hoy en día. Si has sido director del CNI, embajador en el Vaticano y has paseado por los pasillos de Washington, tienes dos opciones: escribir unas memorias soporíferas que solo leerán tus antiguos subordinados por compromiso, o marcarte un "Espía accidental" para recordarnos que James Bond, en el fondo, es un aficionado al lado de un diplomático con tiempo libre.

Jorge Dezcallar ha decidido que la realidad se le quedaba corta. Tras una vida entera guardando secretos de Estado, se ha lanzado a la ficción con una premisa tan refrescante como un café recalentado: un tipo normal (bueno, un anticuario mallorquín, que es lo que todos aspiramos a ser cuando nos cansemos de Excel) se ve envuelto en una trama de espionaje internacional. Porque claro, ¿a quién no le ha pasado que sale a comprar ensaimadas y acaba descifrando el conflicto de Oriente Medio?

Lo que hace que esta novela sea una joya del género —si por género entendemos "libros que se compran en el aeropuerto para olvidar que estás en un aeropuerto"— es su sutil manejo de los elementos:

La portada: Un despliegue de originalidad sin precedentes. Una cúpula dorada (presumiblemente Jerusalén, para que sepamos que hay conflicto) y una tipografía que grita: "Este libro lo escribió alguien que sabe dónde se guardan los expedientes clasificados, pero que prefiere hablarte de la luz del Mediterráneo".
El protagonista: Un hombre corriente. Porque nada ayuda más a la seguridad nacional que reclutar a un civil sin entrenamiento, con un negocio de antigüedades y, seguramente, una ligera crisis de los cincuenta. Si la CIA hubiera sabido que la clave estaba en los anticuarios de Palma, nos habríamos ahorrado la Guerra Fría.
El estilo: Se nota que Dezcallar ha redactado miles de informes diplomáticos. La prosa tiene esa precisión quirúrgica de quien no quiere que lo llamen a declarar en una comisión de investigación, pero con el barniz literario de quien ha leído mucho a Le Carré y ha pensado: "Oye, pues esto también lo sé hacer yo, y sin tanto trauma psicológico".

Lo más divertido de leer a un exjefe de la inteligencia española escribiendo ficción es el juego paranoico que nos propone. ¿Es ese personaje secundario un trasunto de algún ministro que le caía mal? ¿Esa operación fallida es una pullita al CNI de la época? Es como leer la prensa de los domingos pero con más cadáveres y menos eufemismos.

En definitiva, Espía accidental es el libro perfecto para regalar a ese tío que siempre dice que "si él hablara, caería el Gobierno". 

Dezcallar ha hablado, pero bajo el refugio de la "novela", demostrando que en el mundo del espionaje, la mejor forma de ocultar un secreto es ponerle una portada brillante y venderlo en la sección de novedades.

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