El día que descubrimos que el "acero del vidrio" también explota (y otras tragedias domésticas)
¿Qué hace que un objeto cotidiano se convierta en el símbolo de toda una generación? No es su belleza, ni su ergonomía. Es su capacidad para sobrevivir a una infancia en los años 60, 70 u 80. Hablo, por supuesto, de Duralex, esa marca francesa de vajillas que nos acompañó desde 1945 hasta su quiebra en 2020.
Setenta y cinco años vendiéndonos la moto de que fabricaban "el acero del vidrio".
Sí, amigos, el márketing de la época era maravilloso. Los carteles prometían la "tranquilidad de las madres" ante platos y vasos supuestamente irrompibles en manos de sus angelitos. Claro que esos publicistas no contaban con la curiosidad científica de niños como el escritor Juanjo Millás.
Cuenta la leyenda (y el texto de las imágenes) que el joven Millás invitó a sus amigos a su cocina para demostrar las propiedades místicas del vaso Duralex. ¿El experimento? Lanzarlo con fuerza contra el suelo. ¿El resultado? Un Big Bang doméstico: mil cachitos de vidrio esparcidos hasta el último rincón de la cocina. ¿La maravillosa excusa? "Es que cayó mal".
La única consolación que nos quedaba —según los expertos de la época— es que, gracias al material, esos miles de fragmentos "no cortaban". Un alivio tremendo mientras pasabas la escoba de rodillas durante dos horas, desde luego.
Si no tienes un Duralex, no tienes infancia...
Transparentes, de color caramelo, o esa mítica serie en verde que parecía sacada de un hospital militar ruso. Casi todo el mundo ha tenido una pieza de estas en casa.
La empresa francesa quebró, sí, pero su diseño sobrevive en nuestra memoria colectiva.
Y hablando de diseños cotidianos que nos persiguen... ¿sabías que el diseño industrial está en todas partes acechándote?
Ramón Benedito, un diseñador con más de 40 años de oficio. Este señor ha diseñado desde el Taburete Frenesí (que está muy elegantemente expuesto en el Victoria & Albert Museum) hasta la máquina de café Futurmat F3.
Pero lo mejor viene ahora:
En el baño: Es muy posible que cuando vayas al váter, te estés sentando sobre uno de sus diseños.
En el banco: Cuando sacas dinero en un cajero de La Caixa, también estás tocando su obra.
Así es la vida moderna: un viaje nostálgico que empieza recordando los vasos irrompibles de tu abuela que explotaban en mil pedazos, y termina sentado en un retrete de diseño industrial.
¡Dime si eso no es poesía contemporánea!
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